miércoles, 26 de diciembre de 2012

Pesadilla de viernes


Muy sencillo. Podría, cerrando los ojos, saltar cautelosamente la medianera de casa y, mientras duerme, darle un buen sifonazo en la cara. Una, dos, tres veces, hasta mancharme la camisa con la sangre del viejo. Muy fácil. Cometer el crimen que mi corazón dicta con sólo obstruir la mente y evadir consecuencias. ¿Estoy enfermo? No puedo saberlo. Sí es así, la maldad es la cura.

En noches de insomnio tengo expectativas. Me pregunto como lucirá su cerebro al descubierto y mi imaginación me da tenebrosas respuestas. Recostado en mi cama presto una atención afiebrada a todo. Los órganos de mi cuerpo golpean dentro de mi remera sucia. Un mosquito me chupa la sangre del dedo. El velador está prendido y titila y hace que la oscuridad se haga intermitente. Golpes en mi pecho que son golpes en la cara del viejo. Imagino con exageración la fuerza de mi brazo golpeándolo una y otra vez, hasta terminar con su vida gris. Eso no es normal. Pero no pienso sólo en eso, pienso también en lo justo y en el mundo. Me resulta demasiado. Pero sigo pensando. Pienso que yo no puedo ser del todo anormal porque es necesaria la maldad en algunos hombres. Es probable que el común de las personas sean buenas únicamente porque es lo permitido

Estoy seguro de que por las noches, a gatas, sudando, babeando, con corazones desencajados, los maniáticos oscuros recomponen a golpes el equilibrio del universo.

Mientras, mis párpados cerrados me vuelven ciego, salto los confines de mi casa y me dirijo a la de al lado. El patio es pequeño. Abro la puerta de madera y mis pies  se adentran en el dormitorio como los de un espectro. El sifón que sujeto se eleva amenazando el aire espeso que colma la habitación. Las sombras del mundo se corren sumisas ante lo mínimo de mis movimientos y mi mente calcula con seguridad la ubicación del cuerpo del viejo. Pienso que el silencio sin moscas develaría con facilidad cualquier gemido de dolor, pero no me asusto. El suspenso inmaterial que me rodea me exige que golpee la pasividad del universo. Pero me detengo. Entre el suspenso se escucha una voz inesperada echa de penumbras. Era una anciana, "no te preocupes, joven. La muerte más negra se ha llevado ayer a mi esposo. Olvídalo todo".
Olvídalo todo, repite mi cabeza. La frustración acompaña con tristeza la ridiculez de tener un sifón en la mano. Mis ojos se entreabrieron con aquellas humillantes palabras y me retiré pensando en que todavía era inocente. Como siempre, tan inútil. 

La muerte me había ganado de mano. Solté mi arma de ocasión, que se cayó al piso destrozándose contra el suelo y aplastando a un trébol. No podía creerlo, la muerte se burló de mi sifón y de mis planes. De la sangre y del éxito. Salté nuevamente la medianera y me dirigí a mi casa.

Le pregunté a un cartero que pasaba si es la muerte la que establece la equidad final en el universo y si algún día un hombre como yo podría igualarla si se lo propusiera.  El cartero no supo contestarme. 
- Es usted un estúpido por no preguntarse esas cosas- le dije. 
- ¿Y sabés vos si es buena o mala la muerte?- me preguntó tranquilo.
- Creo que es buena- dije no tan seguro.  
- Si la muerte fuera buena no podría decirse si un hombre es malo o bueno,  ¿no creés?
- No lo sé- respondí.
- ¿No creés que si la muerte no fuera tan mala como se cree no se podría decir que un asesino es un hombre malo? 
- No puedo definirlo. Una cosa es la muerte y otra muy distinta el que la provoca- le contesté algo fastidiado.
Hubo un silencio. Y retomé la palabra.
- Quizás la muerte es mala pero el asesino no es malo porque a él la muerte ya le llevó a alguien antes.
- Yo pienso que los asesinos no son tan malos como los que causan dolor. El dolor si es malo- me dijo él mientras introducía una carta en el buzón. 
- Pero la muerte de cualquiera siempre le duele a alguien- le dije algo feliz por descubrir una obviedad. -Yo quise matar al viejo que un día enterró viva a mi tortuga- confesé.
- Después de todo, quizás no hay hombres malos o buenos. Todo depende.
Al cartero lo apuraban las cartas. Pero no se iba. Yo lo miraba muy fijo, esperando algo. Quería que dijera algo más antes de irse.

-Una cosa nomás. La biblia dice que Lucifer, ángel de ángeles, decidió abandonar su celeste morada por la injusta muerte de Adán y Eva, para hundirse en el fuego y en la verdadera justicia. Por otro lado, leí en un libro que el padre de un famoso dictador era cruel en su casa y mataba a las frágiles crías de los gatos tomándolos por la cola y estrellándoles la cabeza contra la mesa. Su hijo, enfrente de él, los compadecía. Por eso te digo que todo depende. Bueno, ahora sí me voy-

El cartero se fue.

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