martes, 3 de noviembre de 2015

A los perdidos


A los que de tanto lavar los platos nos hacen fama de romper los vasos. O de tanto fingir sonrisas nos tildan de nihilistas. O por ser razonables nos parangonan con cobardes. 

Que de tanto remarcar desdibujamos. Que de tanto empeño la embarramos. Que de tanto pensarlo lo arruinamos. De tanto recordarlo lo olvidamos. De tanto acariciarlo lo rompemos. De tanto guardarlo lo perdemos. De tanto perseguirlo se nos escapa. De tanto repetirlo se nos pasa. De tanto esperar no llegamos. De tanto amagar le pifiamos. De tanto insistir parecemos testarudos y de tantas simples ilusiones nos aplasta el mundo.

Nosotros que de tan buenos somos boludos. Que ya nos acostumbramos a putearnos desde afuera: no nos crean. No somos así porque queremos, es así como lo vendemos. La cuestión es que no queremos ser buenos, este es nuestro secreto. Y, si parece que lo somos, no nos crean: sucede que no podemos hacer las cosas de otra manera.

Llevamos mate para caer bien por las tardes. Te saludamos aunque nos caigas mal. Somos hincha de tu equipo. Estamos de acuerdo con tu opinión. No parece bien eso que hacés. Eso que decís. Nos ponemos la careta con orgullo, queriendo caerle bien a algunos, terminamos siendo odiados por muchos. 

Valoren al que es bueno por fortaleza no por debilidad. Y a nosotros no nos juzguen por ejercer de forma impía la benevolencia, por convertir al bien en un poder nefasto. No hay ser humano que del olvido no sea buen pasto.

martes, 13 de octubre de 2015

Lucía y la mosca



Siempre que podía, Lucía atrapaba una mosca en un vaso y se quedaba mirándola. Ella sabía que la mosca no la pasaba del todo bien dentro de su celda de vidrio, pero no podía abandonar la diversión de quedarse estática viendo el movimiento enérgico de aquel par de alitas invisibles. Por otra parte, si la soltara ¿quién sabe la cantidad de peligros que acecharían su vida allá afuera? Por estas razones, Lucía amaba tener moscas en su vaso de vidrio. Cuando la mosca se moría por inanición o cansancio, salía al patio a escondidas de su tía a tomar una nueva. Lucía vivía en una casa con un jardín muy verde y unas paredes muy grises, porque a su tía Esther los colores le hacían doler los ojos. Esther, como Lucía con la mosca, no dejaba salir a su sobrina de la casa. Con el pretexto de cuidar de su integridad la sometía a un control asfixiante, haciéndole creer a Lucía que toda su severidad era por su bien. Durante el verano de aquel año, tía Esther aumentó notoriamente de peso haciendo que su humor empeorara y volviéndose más desagradable en su trato con Lucía. Lucía, por su parte, nunca le dirigía la palabra limitándose a asentir con la cabeza. No obstante, había días en que tía Esther miraba a Lucía con algo de no sé qué de amor en los ojos.
Dentro de la casa, la mosca era lo único que hacía olvidar el encierro a Lucía, de la misma forma en que ella era lo único que distraía a su tía de la cercanía de la muerte.
Aquel verano, la mosca pasó a ser más que una simple diversión para Lucía. A la noche, cuando el silencio era más profundo, pasaba horas enteras con la oreja pegada en la fría base de vidrio del vaso para poder escuchar las mínimas vibraciones producidas por el insecto. Tenía la ilusión de poder entenderla, de descubrir el lenguaje secreto de las moscas. Su obsesión era cruel y lo sabía. Eso la fascinaba más pero también le pesaba, le hacía mal saber que su placer y diversión dependía de la vida de un ser. Como Lucía nunca pudo, ni podrá, hacerse cargo de sus debilidades, y dado que jamás había podido liberar una mosca del vaso si no era ya muerta, pensó que su tía podría hacerlo. Aquello fue sencillo, una mañana antes de salir al colegio dejó el vaso  arriba de la mesa de la cocina y, una vez que su tía lo encontró, la liberó no sin antes preguntar a los gritos qué significaba ese vaso dado vuelta y con un bicho adentro. Por primera vez, Esther hizo algo bueno por Lucía aunque jamás lo supo y, por primera vez, Lucía quiso darle las gracias con algo de cariño aunque nunca se atrevió a hacerlo.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Las sombras




Durante el viaje en colectivo, Gerardo entreteje el argumento de un nuevo texto. La historia transcurre en una época lejana de España. Un hombre, quizás González quizás Fernández, siendo de la corte del rey de Castilla, traicionaría la corona uniéndose a los devotos de un nuevo credo. En su nueva fe, el tal Fernández o González se iniciaría en el ocultismo. Mientras imagina la naturaleza de artificios clandestinos y rituales arcanos, a Gerardo se le eriza la piel poco a poco, en su mente vislumbra la historia de un perjuro descubierto y torturado por la fuerza oscura de la fe cristiana. Su imaginación es poderosa y contagia su cuerpo de impresiones verdaderas. El tal Fernández o González huiría de su ciudad; sudoroso por el peligro, tomaría sus pertenencias más valiosas y, ocultándolas en un hueco, enfrentaría el peligro de la inquisición. 

Mi cabeza despierta del devaneo ficticio, voy por la calle Arrotea ya casi llegando al parque municipal. La idea del relato parece un sueño, o una pesadilla, porque de inmediato la olvido y siento el hambre de la hora de almorzar. Una nube tapa el sol por unos segundos. Saco la vista de las casas que pasan y observo el interior del 540. El colectivo está lleno, hay gente parada a mi alrededor que disimula con el estatismo de su cuerpo la ansiedad por llegar y abrir la puerta de la heladera. Veo en sus caras pensamientos lejanos y preocupaciones ordinarias. Se ven parecidos; cuando lleguen a sus casas el perro les saltará encima, prepararán sus almuerzos, pondrán la tele y dormirán la siesta dando rienda suelta a sus desenfrenadas ansias de comodidad. Pero desconocen que observo con detenimiento sus defectos encandilados por tanta luz. Hay uno que escupe por la ventanilla. Otro no deja de tantear con dedos desesperados su celular de pantalla táctil, gritando los mensajes. Una mujer sentada en la fila de al lado cierra los ojos y respira entrecortadamente mientras descansa sus manos entre las piernas cruzadas; es obvio que su deseo suspira. 

La luz de mediodía es mucha, el sol me da en la nuca y me hace doler los pensamientos. A mis ojos, las figuras se vuelven siniestras. Casi me roza la campera de un pibe y lo miro sin diplomacia. Sus ojos hundidos me revelan la frecuencia de la cerveza. En su mirada adivino la seguridad de una vida estable, se refleja en el balbuceo, en el masticar de chicle, en la música chicharra que se escucha como un rumor que automatiza el pensamiento. Comienzo a olvidar el hambre que sentía hace unos momentos y no llego a distinguir la altura de la calle por la que vamos. Los pasajeros no se miran entre ellos, todos se concentran hacia las ventanas o en su celular. Cabe pensar que ninguno se conoce, pero ¿eso no es más motivo para tratar de reconocer con la mirada los rostros circundantes? No, soy el único que lo intenta. Actúan en consonancia, hacen lo mismo y de la misma manera. Menean sus cabezas. Miran para afuera y para abajo con movimientos alternados, que se vuelven cíclicos y acompasados. Si desean lo mismo y se mueven de forma similar no sería descabellado imaginar que actúan en mutuo acuerdo. 

Los pasajeros del 540, sin sospecharlo, se convierten en mi pesadilla. A mis ojos, aquellas imágenes despreocupadas comienzan a perturbarme, sus posturas indiferentes se tornan viciosas, sus miradas anónimas son tóxicas y su silencio me confirma secretamente que creen en el Dios destructivo de la inquisición. Me desespero. Los miro a los ojos y ellos no se dan a conocer, se mantienen reticentes, no confiesan lo que son, fingen que no saben de mi existencia, fingen desinterés en mi persona. No obstante, sé muy bien que soy el objetivo. Me remuevo en el asiento, la situación del observado, del perseguido, merece piedad divina, no este castigo. Busco refugio inútilmente en alguna cara conocida, en algún gesto de confianza, en alguna casa o negocio que me sean familiares pero nada de eso aparece en este lugar que se torna más hostil a cada segundo. Todo mi cuerpo es un torbellino de sensaciones, los pensamientos cada vez más oscuros de mis hostigadores ejercen una presión física en mi piel. Me mareo mucho, busco en la mochila las pastillas que mi vieja me da para no marearme en los transportes, pero en su lugar encuentro la única daga que logré rescatar del hospicio. ¡Quedad quieto, González Fernández!, me grita el mancebo de campera, a quien presto oídos con displicencia ¡No hay enemigo de Dios en este carro, aquí es el fin de vuestro viaje!, dice con fuerza dándose a conocer afecto al rey de Castilla y capturando mi cuerpo ya sin aliento.

jueves, 20 de agosto de 2015

¡Advertencia!


El que ambicione llegar antes que los demás será perseguido.
El que acumule prendas que no utilice será encarcelado.
El que no preste el sacapuntas será proscrito.

El que lea este blog con intención de encontrarle sentido será juzgado por un tribunal. 
El que se aferre a sus libros será fusilado.

miércoles, 29 de julio de 2015

Es el caos


Alguien roba el celular a alguien. Corro al ladrón y le arrebato el celular. Alguien cree que el ladrón soy yo, me insulta y me arrebata el celular. El propietario, indignado, increpa al cuarto individuo creyéndolo el primer y verdadero ladrón y le quita el celular.  

La escena se repite en distintos puntos de la ciudad en simultáneo. Ahora nadie sabe quién es el ladrón y quién el robado, porque muchos son los unos y muchos los otros.

En un inicio, intenté ser amable. Ahora, puesto que mi celular ha sido arrebatado, intento apropiarme de alguno que sea de mi agrado. Ya no sé si soy el delincuente o si soy el atacado. Y es el caos.

jueves, 23 de julio de 2015

Metáforas en concreto



Soy en el mate de la mañana. Siempre tan amargo en el primer sorbo. Luego me gano simpatías con el sabor algo mejorado, hasta puedo parecer lúcido, generando, incluso, expectativas en quien me ceba. Pero luego, ya sin agua, termino sin ideas y descubriendo mi verdadera identidad de simples yuyos triturados en un mate poco original que pierde sabor con el tiempo. Así y todo, algunos me desayunan. Incluso me sacuden amistosamente el peinado con pizcas de azúcar para no decepcionarse tan pronto. A decir verdad, sólo unos pocos me toman por elección, la mayoría lo hace porque otros me ofrecen y no quieren ser descorteces. De esta manera es que me aceptan, me chupan un poquito y me devuelven dando las gracias.

Soy, también, en la metáfora.

El autoritarismo del diccionario define que la metáfora es un giro del lenguaje por el que se nombra una cosa mencionando otra. Yo menciono mi nombre cuando me lo preguntan, por ejemplo. Yo podría llamarme tomás, es posible que así figure en mi documento, pero de ninguna manera soy en la palabra tomás. Los diferentes fonemas que descomponen tomás no me denominan sino por casualidad, parcialmente y por decisiones ajenas y arbitrarias. Me dicen tomás, como podrían decirme joaquín, diego, patricia, mariana, ismael, facundofrancisca o, incluso, leandro. Yo no soy más en la metáfora de algunas letras sin sentido que en la metáfora de un mate. Ni siquiera yo soy yo. Podría ser, más bien, un puñado de metáforas variadas. Podría ser, por ejemplo, en la metáfora de un guerrero griego o también en la de pequeñas hormigas caminando por la comisura de una baldosa o en la metáfora de un colibrí sin vuelo.

Por eso mismo, y aunque ustedes no lo crean, soy también en estas líneas. Sí, estas de acá y de ahora, sin ninguna metáfora mediante. Estas líneas me mencionan tanto como mi nombre. Tanto o mejor, dado que salen de mí mismo. Soy estas oraciones y estoy en la pantalla de tu computadora. Y no sólo eso. Soy tanto estas líneas como soy el que las está leyendo. Soy en su mente.

A esto es a lo que quería llegar. Como el mago que muestra el prodigio cuando descubre su galera, yo afirmo que estoy en vos porque vos estás leyendo algo que yo soy. Por todo esto es que, además de ser un mate, soy en vos, en tu pensamiento. Sea donde sea que estés leyendo esto, sólo por un rato.

Soy vos y un mate. Me termino en el último sorbo. Y con el punto final dejo de existir.

lunes, 20 de julio de 2015

Boceto de una experiencia


Existo para que algún día, a pesar de todos los pronósticos, el deseo de encontrarte se cumpla. El deseo de entender la razón de todas las mañanas o capaz no ocurra nada y la muerte esté vacía de significado y como una sombra me desvanezca en la oscuridad que reina en la suma de todas las sombras que murieron de ser sombras, de no encontrar, de no saber que existías, de olvidar el camino. 

Para comunicarme con vos hablo de nada o, mejor dicho, hablo de eso, y el sujeto tácito gobierna mis palabras. Palabras que cuesta encontrar porque es más fácil imaginarte en silencio para estar cerca y mirarte con transparencia y que tu corazón se deje querer.

Algún lector intérprete se esforzará también por encontrarte, y sus esfuerzos serán vanos. 

Yo tampoco sé de quién hablo.