domingo, 13 de marzo de 2016

Cosas imperfectas


Hay que entender que la felicidad como se piensa comunmente es un concepto bastante errado. Si tenemos que sobrellevar la existencia con simpatía, no hay mejor opción que sentir como agradables aquellas sensaciones que abundan en el mundo, no tanto las que escasean. Si buscás la felicidad en el éxito, la fidelidad, lo eterno, o incluso en cosas superficiales y pasajeras como la victoria, la saciedad, la aprobación o el orgasmo, te adelanto tu fracaso por la simple y obvia razón de que las unas son difíciles de hallar (si no imposibles) y las otras son demasiado efímeras. Por el contrario, es más efectivo buscar la belleza de la vida en lo recurrente de todos los días: el sol odioso que se te cuela por la ventana y te despierta, una manzana medio arenosa, el chico que no te gusta pero por lo menos te habla, la tostada que se te quemó de un lado, los menos tres pesos que te quedan en la sube, etc. Es así, la puerta que conduce a la felicidad está bastante oxidada y chirría cuando se abre y detrás de ella no se descubre más que un poco de paciencia, la tranquilidad de una nueva derrota y la seguridad de las cosas imperfectas. 

viernes, 18 de diciembre de 2015

La gorgona de Safo


En el siglo VI a.C. la poetisa Safo de Lesbos lanza los siguientes versos al viento del mar Egeo. Hallados en las arenas circundantes de Alejandría allá por el año 1755, es traducido al castellano recién por Menéndez Pelayo cien años más tarde. Esta es una de sus versiones:

Fuego divino el que arde dentro 
de aquel venturoso que logra 
en ti descansar su mirada. 

Que si oyes presto sus palabras,
queman en tu garganta. 
Que si rehúyes de ellas siendo arisco 
quedan igual de suaves en tu alma. 

Serpientes de diosa Gorgona oprimen 
tus deseos y pretenden enredar de anhelos 
el incierto rumbo de este amor distante. 

Sólo con mirarte: mi pensamiento desvela 
una noche de sol sin término. 
Cúbrome entera de sueños que crecen 
en la hierba de tu sonrisa altiva.

Hace más de dos mil seiscientos años Safo escribió estos versos. Ahora bien, ¿cómo demuestra la Historia que son suyos más que míos, si hoy los reescribo con mi lectura y mi alma los abriga como nunca?

jueves, 17 de diciembre de 2015

Mi alma no ubica el lugar ansiado

Antes que nada odio los acertijos. Odio los acertijos tanto como esos textos herméticos que no sabés qué carajo quieren decir. Si cuento algún acertijo cada tanto o si escribo textos herméticos es por una sola razón: porque hay veces que no me sale decir lo que siento y porque hay momentos donde no sé qué inventar para que no se note que las circunstancias me superan.

Hecha la aclaración, acá les va un acertijo y un texto hermético rejuntados en un cúmulo de palabras. El mismo está dirigido a una sola persona (aquella que me plantea el acertijo más difícil que he escuchado), el resto, bien pueden abstenerse de continuar leyendo, por la simple razón de que no le van a encontrar sentido alguno al texto y es posible que les parezca una mierda. La cosa dice así:

Durante aquel día, Tomás busca a una persona que no sea parte de este mundo tan pero tan gris. No la encuentra. Pasadas las ocho de la noche sale del trabajo y observa que el cielo está oscureciendo, no le da mucha importancia. En la parada del bondi que lo deja en una casa que no es la suya, mira el reloj. Dice 20:30. Después de dos horas de viaje, Tomás se arrepiente de un viaje tan oscuro, se pega media vuelta y se toma otro bondi a Banfield. Cuando se sube una persona le dice "Relajá, de noche todo es más divertido" y otra lo consuela diciéndole que peor es ser un pececito en el fondo abismal del mar. Mira el reloj, son las 22:30. Él se relaja y comienza a disfrutar de tanta oscuridad. ¡Qué compañía tranquila y agradable! Así se hace la hora en que Tomás debe bajarse. Antes mira el reloj, las once en punto. Cuando baja, mira el cielo, pero no ya con el desinterés de antes. En las estrellas encuentra un poco de la luz que se había ido con la tarde. Todo lo que tenía que hacer es mirar el cielo estrellado. Tomás y su viaje y aquel día son insignificantes para las estrellas, y es probable que las estrellas admiren la luz humana y piensen que ellas son insignificantes para nosotros. Pensando en esto se da cuenta de que se bajó una parada antes. Tomás está solo frente a una plaza y se va a sentar a un banco. Falta media hora para que termine su día. Cuando ya perdió toda esperanza de cruzarse con aquella persona que no sea parte de este mundo tan pero tan gris, ella aparece. Pero algo resulta extraño, como salida de algún un huso horario lejano esta persona vive todavía en las cuatro de la tarde. No sabe cómo decirle que él vio al sol esconderse en el horizonte cuatro horas atrás. ¿Intentaron explicarle alguna vez a alguien cómo se ve el atardecer? Es imposible, las palabras no alcanzan, son insuficientes. Ya son precarias para comunicar cosas mucho más sencillas y prácticas, ni se imaginan cuando intentan describir algo relacionado con el mundo de las impresiones. Para Tomás el sol se escondió hace rato y todavía su alma no encuentra el lugar ansiado.

Para mí es de noche pero para ella todavía es de día. Nada más raro. En realidad no es un banco en el que me siento sino un tronco. Claro, como soy muy considerado preparo mate aunque para mi sea la hora de la cena. La miro. ¡Es ella! La magia se le nota en los ojos. Con cada palabra lava de inocencia mi sensación de culpa, como las gotas de lluvia que caen con fortuna en esas zapatillas llenas de mugre que uso cada tanto. Hablamos de cualquier cosa y ella sonríe de a ratos y yo miro al costado y no la escucho, porque nos miro de lejos pensando en todas las veces que imaginé la escena. En realidad, la escucho demasiado, porque cada palabra suya va reconstruyendo en mi cabeza una imagen hace tiempo desmoronada por el mundo, la rutina y la desilusión. Como si nada me dice la gente se olvida de mirar al cielo. Suspiro. Era eso. La miro. La luna se inspira en su sonrisa. No creo que sepa lo que pasa por mi cabeza aunque intuye que estoy pensando algo, estoy por decirle "¿por qué no me lo dijiste antes?, ¿por qué no apareciste antes?", pero no le digo nada, en vez de eso miro a un costado y me río. Río porque sus palabras me parecen hermosas. Un manantial escondido entre la sequedad de la noche. No entiendo de dónde saliste, mi alma no ubica el lugar ansiado. Pero ahora estás, acá. Y cuando termine mi día es probable que no, ¿quién sabe? En cualquier momento la estrella que viste toda tu vida puede desaparecer, ¿quién sabe? Y la persona en que confiás, también puede desvanecerse tanto como aparecer puede la que esperás, ¿quién sabe, mi alma no ubica el lugar ansiado?

Lo primero que te digo es: me da vergüenza confesarte que para mí son las once y media de la noche. Vos no le das importancia y te acomodás el pelo que te entra en la boca.

Después te digo: Tomá un mandala. Pintalo por favor, y me sale tímido como un nene que no dobla la rodilla para patear la pelota. Está bien, pero te lo voy a dar cuando se me cante. No me molestes, me respondés siendo una adolescente que masticando chicle y cruzándose de brazos.

En tercer lugar te pregunto: ¿sos un sueño? Vos me respondés que sí y desaparecés.

En cuarto lugar te quiero decir algo lindo pero no se me ocurre nada. Una noche de mosquitos me inspira: sos mejor que el off, te escribo. Definitivamente no soy bueno para galanterías. Pero a vos te debe resultar simpático porque me prometés lo menos valorable en términos materiales y, por tanto, lo más invaluable en términos de lo que más vale: una piedra.

Por último te digo: es ahora, al fin de mi día, que te encuentro. Justo cuando menos te buscaba. Y es lógico, no pudo haberse dado de otra manera, en todo hay un orden y una circularidad, como en los mandalas, que me indican el orden silencioso que maneja nuestros caminos. Entiendo tu distancia y tu silencio en este laberinto, no voy a pedirte otra cosa. Entretanto agradezco que seas vos, saber que existís en algún lugar del universo y que justifiques el esfuerzo de este largo día. Sólo una cosa más: te adelanto que a las cuatro la luz de la tarde no imagina la oscuridad de las once, hay que esperar. 

Vos no leés el mensaje. Para colmo nunca me diste la piedrita. Mi juego perverso es éste, un nuevo acertijo, aunque poco te preocupe resolverlo.              

domingo, 29 de noviembre de 2015

La gárgola


La gárgola del dolor no es póstuma, es cotidiana, y reprime tu existencia desde abajo y desde adentro todos los días de luna a luna. Navega en la proa de una barca oscura prefigurando tus angustias: el miedo de perderla, la ausencia de su voz, el vacío de sus pupilas y esa ilusión de tenerla que oscurece de putrefacción su compañía. El que teme al infierno y cree en él es claro que no la conoce. Aquel creyente imagina tormentos que de tan futuros y exagerados se tornan inexistentes e incomparables a la gárgola de tu deseo. El infierno que te atormenta en vida es ella y el otro, en el que creen tantos engañados, no existe porque luego de la muerte no hay nada y antes de la muerte está ella, consumiéndote en silencio con su mirada hermosa. La gárgola del deseo no busca ni espera tu muerte solitaria, la gárgola te mata cada día de luna a luna mientras navega en la proa de una barca oscura anticipando el miedo de que ella te olvide, prefigurando el deseo de sus labios, pronosticando el dolor eterno de su ausencia.

lunes, 23 de noviembre de 2015

El polvo de la memoria



Más que por la ilusión de las fotos y el cine en blanco y negro, la memoria es gris por el polvo. Como las cosas viejas que quedan quietas y se cubren de gris. Al Beto lo recuerdo en ese tono impreciso, vestido del mismo gris con el que me imaginaba aquella historia que contaba siempre con distintos matices. En todos sus personajes, en todo Santiago, en sus palabras, había polvo, colgaban telarañas de memorias imprecisas.

En la calle la gente lo menciona. Muchos no asimilan la novedad si no la amarran a lo conocido y, por eso, me dicen el nieto del Beto por mucho que sepan mi nombre. Y con su nombre, reaparece su historia. La historia. Aquella anécdota gris que nunca tenía fin. Contaba siempre la misma aunque a veces la deformaba tanto que parecía otra; algunos días, con los ojos iluminados, la contaba con gracia excepcional; en otras ocasiones, luego de cinco o seis copas se volvía cómica, inentendible o francamente insoportable. En sus últimas ensoñaciones, sin embargo, el relato adquiría algo de triste añoranza. Cansado, esperaba con angustia el fin de sus días, durante los cuales no había podido agotar las diferentes versiones de la anécdota a pesar de haberla repetido en mil ocasiones.

Era un día con viento rugoso, contaba, de esos que existen en Santiago nada más. Y aquel fue un embrollo de aquellos. En esa tarde de domingo, el Visco no tuvo otra que salir a definir el entrevero con la Bicha. Usaba esas palabras raras que tanto le agradaban y que no hacían más que adornar escenas que no terminaban de ser del todo claras. Con el tiempo entendí que la gracia que encontraba en su monólogo radicaba en escoger siempre palabras diferentes para explicar lo mismo, buscando que, con esas modificaciones, la historia también cambiara. El viento raspaba los días de calor allá en Santiago, contaba en otra sobremesa. Y el domingo se armó la gorda. Literalmente, porque el Visco tuvo que salir a los tiros con su mujer.

Más que hablar, el abuelo soñaba. Con frecuencia manteníamos nuestras conversaciones familiares en paralelo a su patológico monólogo y nuestras voces se superponían en una escena grotesca que ya nos era habitual. Pero Beto no se enojaba, era buen tipo, a veces levantaba la voz con desconfianza y nos preguntaba si habíamos entendido la parte en que la Bicha se enteró que su marido se acostaba con la almacenera, nosotros asentíamos en silencio o simplemente no hacíamos nada y él proseguía. 

Nadie conocía cuándo y por qué había comenzado a contar aquel enredo y a esa altura nos resultaba natural que lo haga, por otra parte, la gente que lo conoció antes del episodio había quedado en Santiago y de ellos nada sabíamos. Durante tantos años de escucharlo me había figurado la idea de que, cuando Beto estuviese seguro de dejar el mundo, nos iba a contar el final. Quién había matado a quién, si alguno seguía viviendo, si ambos terminaron en la cárcel o si lograron sobrevivir y continuaron con una relación de amor renovada. Pero se murió y nos dejó la intriga. 

Era primavera cuando tío Checho me dijo a solas que Beto le había contado el final unos meses antes de morir. Cuando me reveló el secreto no me sorprendió, el final era el peor y la relación del Beto con el Vizco y la Bicha era más cercana de lo que daban a entender todos aquellos relatos. Tío Checho me dijo que Beto repetía la historia con el fin de entender su final, aquel que nos vedaba y que él, en cierta forma, también desconocía. Disfrazando la tragedia con liviano traje de anécdota, intentaba todos los fines de semana cambiar su pasado buscando las palabras adecuadas para recrearlo. Quería aliviar tanto dolor buscando una versión que cuadre a su entendimiento, que mitigue la lejanía de la sonrisa de la Bicha, de las palmadas del Vizco. Con palabras imprecisas, en palabras que siempre eran otras y estaban llenas de polvo, el abuelo se repetía la misma historia una y otra vez; y nosotros, sordos, nunca supimos ver las marcas de las lágrimas secadas por el viento rugoso de Santiago. 

martes, 3 de noviembre de 2015

A los perdidos


A los que de tanto lavar los platos nos hacen fama de romper los vasos. O de tanto fingir sonrisas nos tildan de nihilistas. O por ser razonables nos parangonan con cobardes. 

Que de tanto remarcar desdibujamos. Que de tanto empeño la embarramos. Que de tanto pensarlo lo arruinamos. De tanto recordarlo lo olvidamos. De tanto acariciarlo lo rompemos. De tanto guardarlo lo perdemos. De tanto perseguirlo se nos escapa. De tanto repetirlo se nos pasa. De tanto esperar no llegamos. De tanto amagar le pifiamos. De tanto insistir parecemos testarudos y de tantas simples ilusiones nos aplasta el mundo.

Nosotros que de tan buenos somos boludos. Que ya nos acostumbramos a putearnos desde afuera: no nos crean. No somos así porque queremos, es así como lo vendemos. La cuestión es que no queremos ser buenos, este es nuestro secreto. Y, si parece que lo somos, no nos crean: sucede que no podemos hacer las cosas de otra manera.

Llevamos mate para caer bien por las tardes. Te saludamos aunque nos caigas mal. Somos hincha de tu equipo. Estamos de acuerdo con tu opinión. No parece bien eso que hacés. Eso que decís. Nos ponemos la careta con orgullo, queriendo caerle bien a algunos, terminamos siendo odiados por muchos. 

Valoren al que es bueno por fortaleza no por debilidad. Y a nosotros no nos juzguen por ejercer de forma impía la benevolencia, por convertir al bien en un poder nefasto. No hay ser humano que del olvido no sea buen pasto.

martes, 13 de octubre de 2015

Lucía y la mosca



Siempre que podía, Lucía atrapaba una mosca en un vaso y se quedaba mirándola. Ella sabía que la mosca no la pasaba del todo bien dentro de su celda de vidrio, pero no podía abandonar la diversión de quedarse estática viendo el movimiento enérgico de aquel par de alitas invisibles. Por otra parte, si la soltara ¿quién sabe la cantidad de peligros que acecharían su vida allá afuera? Por estas razones, Lucía amaba tener moscas en su vaso de vidrio. Cuando la mosca se moría por inanición o cansancio, salía al patio a escondidas de su tía a tomar una nueva. Lucía vivía en una casa con un jardín muy verde y unas paredes muy grises, porque a su tía Esther los colores le hacían doler los ojos. Esther, como Lucía con la mosca, no dejaba salir a su sobrina de la casa. Con el pretexto de cuidar de su integridad la sometía a un control asfixiante, haciéndole creer a Lucía que toda su severidad era por su bien. Durante el verano de aquel año, tía Esther aumentó notoriamente de peso haciendo que su humor empeorara y volviéndose más desagradable en su trato con Lucía. Lucía, por su parte, nunca le dirigía la palabra limitándose a asentir con la cabeza. No obstante, había días en que tía Esther miraba a Lucía con algo de no sé qué de amor en los ojos.
Dentro de la casa, la mosca era lo único que hacía olvidar el encierro a Lucía, de la misma forma en que ella era lo único que distraía a su tía de la cercanía de la muerte.
Aquel verano, la mosca pasó a ser más que una simple diversión para Lucía. A la noche, cuando el silencio era más profundo, pasaba horas enteras con la oreja pegada en la fría base de vidrio del vaso para poder escuchar las mínimas vibraciones producidas por el insecto. Tenía la ilusión de poder entenderla, de descubrir el lenguaje secreto de las moscas. Su obsesión era cruel y lo sabía. Eso la fascinaba más pero también le pesaba, le hacía mal saber que su placer y diversión dependía de la vida de un ser. Como Lucía nunca pudo, ni podrá, hacerse cargo de sus debilidades, y dado que jamás había podido liberar una mosca del vaso si no era ya muerta, pensó que su tía podría hacerlo. Aquello fue sencillo, una mañana antes de salir al colegio dejó el vaso  arriba de la mesa de la cocina y, una vez que su tía lo encontró, la liberó no sin antes preguntar a los gritos qué significaba ese vaso dado vuelta y con un bicho adentro. Por primera vez, Esther hizo algo bueno por Lucía aunque jamás lo supo y, por primera vez, Lucía quiso darle las gracias con algo de cariño aunque nunca se atrevió a hacerlo.