jueves, 11 de agosto de 2016

Lo que aprendí en un balcón


Dibujo que hice para un texto de mi amigo Martín. La cosa empieza así:

Es 21 de diciembre del 2000 y estoy nervioso. Tengo 16 años y desde hace nueve espero una noche como ésta. No es la fiesta de egresados de mi hermana Gaby lo que me tiene así, si no lo que va a pasar en esa fiesta: estará, invitada por mí, la chica más linda de todos los barrios...

viernes, 5 de agosto de 2016

Crónicas de un verano bizarro. Episodio V




El ojo de Sauron 
Oscuridad.
En la negrura se aspira una luz de fuego y por unos segundos se refleja en los azulejos blancos. Desaparece.
Oscuridad.
La luz se refleja ahora en mis ojos. Ilumina de rojo mi cuerpo sentado en el inodoro. Ilumina mis manos que sostienen medio faso.  
La penumbra se va colmando de humo.
La ovalada luz de fuego que amaga intermitente del extremo del porro se transforma en el ojo de Sauron que resplandece sobre Barad-dûr. Mis ojos contemplan el resplandor con el espanto y la fascinación de un hobbit venido de la comarca, imaginando por un momento el oscuro poder de Mordor.
Estoy fumando por primera vez. Solo. En un baño a oscuras. 
Fumo solo mientras me pregunto cómo es que llegué a esta situación, cómo mi vida de férrea moral cristiana se ha desviado a este estado de ridículo libertinaje. Para saberlo es necesario volver algunas semanas atrás.

La cofradía Crazy
Son las nueve y media del domingo diez de enero. La irritante alarma de mi nokia infopobre hace el intento de despertarme. El gusto a perro que siento cuando me acuerdo de tragar saliva completa la intención de la alarma y finalmente me despierto contracturado por el entrepiso de madera que oficia de colchón.
En media hora, exactamente a las diez, tengo que estar en la cocina de Crazy, el local de comidas en el que me hicieron pelar más de sesenta kilos de papas el día anterior. Me cepillo los dientes con ganas de sacarme el cansancio y escupo el dentífrico con ganas de escupir toda la mugre que tengo de las ocho horas de haber trabajado en Mc Pancho la noche anterior. No hay tiempo ni ganas de un baño con agua fría a esta hora. 
A las diez en punto me cruzo en frente, donde está el local Crazy y su cocina. Ahí me esperan Gastón, el encargado, Alfredito que se ocupa de cortar rabas y ayudar a Cristian, el que maneja la plancha, y Jorgito que se ocupa de meter la pizza y manejar la freidora de rabas. 
Como no podía ser de otra manera mi trabajo es pelar papas, limpiar el piso y ayudar a los que ayudan.
Contra lo que se podría pensar, estar en la escala más baja en la jerarquía de la cocina me hace trabajar con la conciencia tranquila: es obvio que no puedo forrear a nadie. Eso hace mi trabajo un poco más honrado.   
Además trabajar en la cocina me gustaba. Es un laburo cooperativo: no importa quién hace qué cosa, lo importante es que se haga. Por ejemplo, si Alfredito está cortando rabas y tiene que ir a lavar platos porque se le llenó la bacha, yo me pongo a cortar rabas y cuando vuelve sigo con lo mío. Lo importante es cubrir los huecos, al igual que un equipo de vóley. 
Por otra parte, el trabajo en la cocina es absolutamente mecánico, podía pelar papas mientras pensaba en otra cosa. Y, además, no tenía que fingir amabilidad ni acordarme el precio de nada.   
Ese día, domingo, se trabajó un poco menos que el sábado. Hasta corté queso un buen rato y me encargué de la bacha. Casi todo el trabajo era preparar las cosas para la noche, que era el momento en que más gente caía al local. 
Entre comandas, jodas, rabas, papas, milanesas, pizzas, queso, hamburguesas, me sentía cómodo. Los pibes eran una masa. Jorgito me preguntaba en joda si había probado la empanada de chorizo y Alfredito me contaba seriamente que dentro de unos años se quería hacer budista. Durante el año trabajaban de ayudantes de albañil o de lo que venga. En la cocina nos pagaban 25 pesos la hora, en albañilería a veces les pagaban menos, ¡era o volverse buda o chorro, una de dos! Yo lo admiraba, porque paciencia para buda no tengo. Me salva que durante el año tengo la comida que les saco a mis viejos y un laburo con obra social.  
A las seis me largaron y ya estaba decidido: me quedaría trabajando en Crazy.

El manjar de una tribu desconfiada
Una tarde en la cocina, mientras acomodaba las asaderas con prepizzas sobre la mesa, Jorgito me preguntó si fumaba porro. Nunca había fumado en la vida, pero por condescendencia o por fiaca de dar explicaciones, le dije que a veces lo hacía. Claro, no pensé que tenía en mente regalarme uno. En cuanto me lo ofreció no tenía argumentos para rechazarlo.
Me sentí un explorador en medio de una tribu desconocida. Rechazar cualquier ofrecimiento era, como mínimo, ofender sus más ancestrales creencias. Estiré la mano y agarré el medio faso. Lo metí en mi bolsillo. Después te digo qué tal, Jorgito, le dije haciéndome. 
Siempre pensé en quién sería la persona con la que fume por primera vez. Suponía que iba a ser algo especial. Algo único, por lo que tenía que pensar muy bien a quién le concedería el privilegio de verme drogado. Entendí entonces que fumar marihuana es exactamente como tomar mate o tomar cerveza, una excusa de quienes se aburren de hablar sin más. 
Una vez entendido esto supe que tenía que llevar la contra por principio. Llevé la contra veintitrés años rechazando la marihuana y el alcohol, y ahora, si me propongo fumar, debería llevar la contra por lo menos fumando a solas.
Y así fue como me encerré en la oscuridad del baño y prendí el porro. Traté de fumarlo con paciencia, manteniendo profundamente cada aspiración, como dicen que se hace.
No fue la gran cosa. Me hizo dar sueño, nada más. Lo del poder oscuro de Mordor fue más una licencia poética que una descripción rigurosa de mi estado en ese momento. Ni siquiera me dieron ganas de reír, ni nada me daba vueltas, quizás era un porro así nomás, paraguayo, la verdad que no sé.
Alcohol, marihuana, cocaína o un blog de literatura, cada uno hace con el tiempo libre lo que quiere. Obvio.
Pero no puedo no pensar que hay quienes fuman y toman no por tener tiempo libre sino para olvidarse de su condición humana, de su angustia material. Fuman y toman porque saben que no tienen ni tendrán nunca nada más valioso que su fuerza de trabajo. Para esa gente, para el sistema, la droga es funcional, no recreativa. Necesitan tomar alcohol o fumar para poder sostener diez horas de trabajo físico sin sentir el dolor de los músculos, sin sentir el peso de la rutina. No digo esto porque lo supongo, lo vi en personas que trabajaron conmigo en la cocina y en diferentes lugares. No son casos aislados, son un patrón: los placebos corren con más velocidad y revelan su servicio a la clase que domina el capital. Porque cuando no hay más alternativa que un laburo desde abajo, sin proyección, sin crecimiento personal, sin retribución afectiva, sin obra social, sin autonomía, no ves la hora de drogarte, de evadirte, de ponerte bien en pedo y si mañana no me despierto que se vayan todos bien a cagar. Y cuando llego a casa no quiero hacer otra cosa que fumarme lo que haya yo solo hasta no entender nada. No entender nada de toda esa tristeza que me agarra cuando pienso que no tengo nada aparte de este laburo de mierda, que tengo que aguantar así unos seis meses si quiero llegar al celular, que si me enfermo un día la cago mal, que ya estoy medio viejo, que encima tengo que mantener dos wachos que ni siquiera sé abrazar y que para colmo no me alcanza para la birra. Yo necesitaría otra cosa ¿viste? Algo mejor, ¿la revolución, decís? Sí, eso sería lindo, pero no tengo tiempo para eso, tengo que laburar y si llego a conseguir un fasito ya soy feliz.  

miércoles, 20 de julio de 2016

Crónicas de un verano bizarro. Episodio IV


Bienvenido al infierno
Perdido por desconocer el rumbo de su querida Ítaca, Ulises acata el consejo de Circe y en el canto once de la Odisea desciende al inframundo para consultar a Tiresias sobre el destino de su viaje. La pasó bastante mal, habló con la sombra de su vieja, con un amigo que se había muerto hace unas semanas y con varios compañeros de la guerra contra Troya, congregados desde la oscuridad.

Para mí, casi toda la historia de Ulises nunca pasó, es pura frutada. Pero la frutada literaria tiene la capacidad de explicar cosas de la vida que resulta imposible explicarlas de otro modo sin que pierdan efectividad. Esta seguridad hace que mi lectura siga un método riguroso: primero busco la metáfora y luego la moraleja. En primer lugar, intento descifrar aquello que se esconde detrás de la idea del hades y la idea del viaje del héroe y luego cuál podría ser la enseñanza detrás de la historia. Esta lectura, claramente, resulta totalmente anacrónica y personal, pero me sirve para leer el bodriaso de los libros de Homero sin sentir que pierdo tiempo de mi vida.

Las conclusiones pueden resultar obvias: la metáfora del viaje de Ulises tiene como referente a la vida misma, el hades es metáfora de los límites ansiados pero temidos que creemos imposibles de superar. La moraleja: cuando estás perdido en el viaje de la vida puede resultar útil pasarla mal un rato, ir dónde no te gustaría para ver dónde estás parado y  conocer el camino a seguir.

La literatura contiene mensajes con ecos que pueden escucharse mucho después de ser leídos. Por eso, no fue sino luego de varios meses de haber aprobado literatura griega que me pintó una bicicleteada al inframundo de Santa Teresita en búsqueda de una certeza en la vida. Sin ser consciente de ello, la moraleja del viaje de Ulises resonaba como un eco entre tantas dudas.      

Crazy, mi Caronte

Vuelvo a mis crónicas. Todavía estoy en la primera semana de enero y tengo que conseguir trabajo donde sea si no quiero volverme a casa con las manos vacías. Por eso, reparto currículums en donde me encantaría trabajar el primer día, donde safa el segundo y el tercero en esos lugares que son un garrón pero bueno, ya no tengo un peso. Heladerías, supermercados, churrerías, estaciones de servicio, campings, hosterías, locales de ropa, ya todos tienen mi celular y mi nombre.

Pasaron cuatro días recorriendo toda la costa sin conseguir nada. No se me había ocurrido, claro está, preguntar si necesitaban empleo justo en frente de donde habíamos ido a parar. Era un negocio de pizza y hamburguesas llamado “Crazy” en donde las minicucarachas abundaban. Y sí, en ese local que podía ver desde el entrepiso donde dormía necesitaban ayudante de cocina. Al día siguiente, exactamente el 9 de enero comienzo con mi nuevo empleo.

Entro a las diez de la mañana, digo hola soy Leandro y delantal al toque, que Alfredito te va a explicar a pelar papas. Muy bien, pensé, se trata de pelar papas, esto no puede ser muy difícil. Alfredito me pareció un poco antipático al principio, pero después me contó que había empezado trabajar ahí mismo el día anterior. Ah, bueno, ¿y éste me va a enseñar? Pero la cosa era una boludez. Agarrás la papa con esta mano, le pegás una enjuagada rápida debajo de la canilla, agarrás el pelapapa y fra fra fra, la dejás así lo mejor posible. ¿Va? Claro, respondo, mientras voy probando con todas las papas que había en la bacha y me sacaba algunos pedacitos de uña sin querer. Así pasan una, dos, tres, diez, veinte, cuarenta, sesenta papas, y yo fra fra fra con el pelapapas y cuando se terminaban Alfredito venía con un nuevo bolsón lleno de tubérculos. Mis manos parecían de cartón y tenía toda la espalda contracturada cuando me percaté que había pelado tres de esos bolsones que me llegaban hasta la cintura.

El lugar no tenía ventanas, y el aire del horno y de la freidora se concentraba circularmente viciándose de aceite. Casi como un calabozo, las paredes me oprimían en su monotonía calurosa. Además, no tenía idea de si se había escondido el sol o no, sólo después supe que había estado nublado desde temprano. Imaginé que ese día sólo iba a ser una prueba, onda a ver qué me parecía. Pensé que iba a estar un rato y después me iban a dejar pensar si el trabajo me gustaba. Nada que ver. Me quería ir a la mierda. Al final, tan héroe no era. Para colmo no había llevado el celular y me daba vergüenza preguntar la hora.

El tiempo ya era indivisible. Mi única forma de calcularlo hubiera sido contabilizar las papas pero no podía, demasiado concentrado estaba en mover rápidamente la muñeca para llegar a los continuos pedidos de la freidora. Pensé que iba a pasar el resto de mi vida allí, imaginé el tamaño que tendría la papa si se sumaran todas las papas que había pelado, imaginé una papa como una pelota de básquet, pensé una papa tan gigante como Ginóbili, imaginé una papa del tamaño de una casa, donde uno podría habitar, imaginé entrar a mi hogar papa y dormir en mi cama papa...

Muy bien, por hoy, Leandro, buen laburo. Salís en diez, dejá la bacha y los azulejos limpios. Dejá el delantal acá.  

Pfff. Libertad.

O eso creí.

Mc Pancho, mi Cerbero

Me crucé en frente. Me cambié toda la ropa, me pregunté cómo había llegado el olor a fritura hasta mis calzoncillos y puse a llenar un balde de agua fría para bañarme. Usé un vaso para tirarme el agua sin salpicar mucho para no apagar la vela que puse sobre el inodoro.  

Me sequé. Me tiré en la cama paraguaya y cuando pensaba en lo lindo que iba a dormir por la noche, me llega un mensaje de texto.

Hola Leandro, soy Lucas de Mc Pancho, peatonal y 33. Te necesitaríamos hoy para cubrir un puesto de mesero, si te gusta podemos hablar para que te quedes. ¿Podés venir hoy a las 20?

Cuatro días esperando y en un día me llaman de dos trabajos. La concha de la gorra. Estaba demasiado cansado, me dolían las piernas, los lentes de contacto ya me estaban molestando. Pero… Mc Pancho implica propina, trato con la gente, aire libre, será una noche, luego elegiría por el que más me guste. No podía negarme.

Genial, Lucas, nos vemos a las ocho.

A las ocho entro, digo hola soy Leandro y andá a cambiarte al toque. Subo a un cuarto minúsculo, kafkiano, lleno de mochilas y ropa por todos lados. Un pelado ya estaba adentro. Soy nuevo le digo. No importa, mi nombre es Santiago, mucho gusto, jefe de cocina. Mucho gusto, hoy sábado se va a laburar ¿no?, le digo por cortesía. Jajaja, ¿nunca viniste a Mc Pancho? No, no conocía el lugar. Santiago me mira fijo con ojos diabólicos:

Bienvenido al infierno, entonces.

Me quedé mirándolo con cara de bobo, sus palabras se hicieron chicle en mi cabeza. El resto de la noche fue una gran confusión, como una gran bola de chicle de esas que hacías cuando eras chico y te metías como treinta chicles en la boca para ser el más piola. Cada nombre de cada pancho, cada precio, cada marca de gaseosa, cada pedido era un chicle más agregado al gran chicle que era mi cerebro.

Una mc fritas doble a la cinco con fanta, tres primaverales con salsa simple y un mixto con lluvia a la ocho, ¿para tomar? Dos pepsi y dos seven up. Un mexicano pero sin salsa a la dos, ¿porqué mierda no pide un especial que es igual al mexicano pero sin salsa? No importa, lo anoto como un mexicano sin salsa. Una promo cinco para la doce, con tres pepsis. La bebida primero. La comanda a la caja y después papelito al panchero. Pero lo que sea papas, rabas y hamburguesas a la cocina, no vayas a poner la comanda de las papas fritas con el pedido del primaveral porque no va a salir nunca, entonces anotás los panchos arriba y lo de la cocina abajo y después rompés el papelito a la mitad.

Dan la doce y en mi cabeza el chicle ya no tiene sabor. Me dejan veinte pesos de propina por llevar dos panchos, creo que ni les destapé la gaseosa. El trabajo en Mc Pancho definitivamente me dejaría más plata, pero hay algo que no me gusta. Detesto la idea de ser servicial de hacer algo que la gente no tiene ganas de hacer o que paga para que otro lo haga como correr una silla o limpiar una mesa. Me parece re inútil y que está mal que haya gente que vive de eso. Por otra parte es un laburo competitivo, si limpiás una mesa que no te corresponde te miran como si te quisieras robar la propina, si llevás el menú a gente que está esperando pasa lo mismo. Lucas, el encargado, me explicó que necesitaban un mesero para bancar las noches a la salida de los boliches, trató de convencerme para que me quedara, sabía que el laburo me convenía. Lo que no sabía era que yo no estaba ahí por la plata, estaba ahí para escribir mi aventura.

Sale un doble chedar y otro jamón y queso, ¿para tomar? Una birra, ¿cuáles tenés? Ni idea, pará que pregunto. Si, tenemos stella de litro, sino quilmes y brahma en lata. Una stella. ¡Ah! unas papas fritas, por favor. Muy bien, ahí les traigo. No me escribe la lapicera. Puta madre, ¿tenés una que te sobre? Dale, gracias. Sí, cierran las mesas ocho y dos, Lucas. Ya les tomo el pedido, un segundo. Para la dos una hamburguesa completa y un pancho simple con mayonesa con porción de papas, para tomar dos latitas quilmes. Partí el papel mal, no se entiende nada. Mejor lo anoto de nuevo, una hamburguesa completa y un pancho simple con mayonesa con porción de papas, ahora sí, esto al panchero, esto a la cocina. Disculpame, la mesa ocho pide sal, ¿dónde hay? Gracias. Sí, señora, la porción de rabas está sesenta, pero sería aparte de la promoción cuatro que no viene con rabas. De litro quilmes no, tenemos solamente stella. Lucas, abre mesa uno con una promo cuatro más porción de rabas. Muy bien ¡Hola, buenas noches, les dejo el menú!...

He aquí mi tártaro. Crazy, mi oscuro Caronte. Mc Pancho, una especie de guardián Cerbero que me destroza de a mordidas. El pela papas mi aguda espada. Los clientes son sombras de gente muerta.

Y yo acá, con una gorra roja, la chomba de Mc pancho, pensado que no me puse antitranspirante y que mis lentes de contacto me arden. Sólo espero que entre tantas sombras aparezca Tiresias y como buen adivino sepa indicarme cuál es el futuro que concierne a mi destino.

miércoles, 6 de julio de 2016

Apagado en espiral





Voy con apuro y busco las extremidades de las palabras que se me ovillaron en textos grises, sin argumento y, lo que resulta irremediable, sin pasión. Esos textos que vivo todos los días, textos que se apagan en espiral. Es por eso que hojeo para atrás, que ando apurado entre oraciones pasadasEs algo que ya no puedo soportar, madejas interminables de ideas contradictorias me asaltan en el capítulo que me toca leer todas las mañanas. ¿Dónde había empezado esta historia? No sé. Y no hay forma de seguir la novela de mis días si no releo el primer capítulo. Ese capítulo temerario que se jugó por romper el vacío de una existencia en blanco. Por eso voy corriendo por hojas pasadas. Necesito esa pasión. Necesito ese argumento. El argumento. Aquel que en algún capítulo intermedio se me perdió, entre la muerte de un protagonista, entre un amor no correspondido, entre la violencia de una relación posesiva. ¿Dónde se perdió la pasión de este texto? No sé. Por eso voy corriendo a mis primeros capítulos. Necesito ese motivo. Necesito ese color. Necesito esa emoción. De lo contrario, seguiré levantándome por las mañanas con textos apagados, opacos, fríos como tinta azul. 

sábado, 2 de julio de 2016

Imaginar en vano


Imposible resulta determinar las miradas, las lecturas o las inquietudes que iniciaron el encadenamiento de sucesos cuyo fin es el amor de tu vida, el viaje más recordado o incluso tu muerte. Podemos imaginar en vano qué amor, qué viaje o qué muerte hemos iniciado esta tarde. Es un ejercicio creativo e inútil que practico a menudo y con agrado.

lunes, 20 de junio de 2016

Crónicas de un verano bizarro. Episodio III



Una rata, un entrepiso y una hamaca paraguaya

“No, boluda, me jodés que eso eso está ahí. Es un conejo eso. Me jodés que hoy dormí acá con eso al lado.  Dale, no puede ser...” Estuve así quince minutos mientras Ludmila se cagaba de risa de mi espanto. 

Esa rata realmente parecía un conejo. La encontramos a metros de donde había dormido la noche anterior. Era el segundo día en lo que era el bar Chamacos, ese lugar que fue, durante dos meses, como  una gran habitación para nosotros.

A Lumi la conocí hace cuatro años en la costa porque la madre, Alicia, trabajaba en la feria de la costanera y alquilaba con nosotros. Un día, me dijo que ella es gris y que en su vida siempre tendió a ser como un día nostálgico y nublado. Creo que un poco se quiso hacer la poeta, pero doy fe que hay algo de verdad en esas palabras. Por mi parte puedo decir que tiene una excelente virtud: trata a los demás como le gustaría que la traten a ella, por eso, no molesta para nada. A mí me hace acordar un poco a un primo mío: saben portar impertérritos una concentrada, bellísima y trabajada cara de orto. Sus miradas parecen como las de un prócer en un billete. Si les decís algo te observan siempre desde arriba, con soberbia élfica. 

Ese día, Lumi se sumaba a la proeza de subsistir sin agua caliente, gas ni electricidad casi todo el verano. Y claro, ese día tocaba limpiar. El piso tenía medio centímetro de una amalgama de arena y excremento de rata. El bar tenía dos entrepisos de madera, uno en el que decidí dormir yo y otro que sería la habitación de Ludmila, ambos repletos de polvo, tablas pesadas que imagino conformaban la barra y decenas de cables enmarañados. Subíamos con una escalera precaria que tuvimos que atar con cables a una de las columnas de madera que dividía un entrepiso de otro. Dejar todo medianamente habitable nos llevó el día entero.

- Che, mirá si todo este trabajo es al pedo

-¿Te imaginás? Y podría ser, porque esto es bastante turbio. El tipo del pool de enfrente no parece confiable y para mí nos raja cuando quiere.

-Ese gordo alta pinta de merquero tiene.

-Che, ¿y qué hacemos con la rata? Yo no la toco ni por guita.

-Dejala ahí. Le quiero sacar unas fotos.

-Sos un asco.

-He visto cosas más asquerosas.

Seguimos charlando incoherencias hasta que se hicieron las seis de la tarde y ella se fue a la feria  mientras yo recordé que tenía que comenzar a buscar trabajo.

Pero ese día no tenía ganas. En verdad no tenía ganas de nada. Todavía estaba sumido en un cansancio general. Me puse a colgar la hamaca paraguaya que había llevado y que entraba justa debajo del entrepiso donde me tocaba dormir.

Una hamaca paraguaya debajo de un entrepiso en un bar abandonado del centro de Santa Teresita, sin luz ni gas y entre toda la mercadería de los artesanos que guardaban sus cosas ahí. El cuadro era pintoresco.

Me tiré un rato en la hamaca y me dispuse a realizar lo mejor que sé hacer: sumergirme en la mera contemplación de las paredes. 

Se hizo de noche y me dieron ganas de pasar un rato por la feria. Estaba tranquilo, ya teníamos un lugar techado para dormir exageradamente barato. Ya está, pensé. Creí que lo peor de estas vacaciones había pasado: había llegado en bici a la costa y había conseguido un lugar para dormir. Qué equivocado estaba. 

viernes, 3 de junio de 2016

Sin embargo



No te pienso ni un instante lejos de mí.
Sin embargo, estoy solo. 

¿Se puede pensar a alguien de otra manera? ¿Se puede pensar a alguien por fuera de uno?

A nadie puedo pensar lejos de mí.
Sin embargo, estoy solo. 

Hay besos que lo olvidan. También sonrisas. También saludos de camaradería. También miradas imperceptibles. También hay sexo. También lo olvidan.

No puedo quererte por un momento fuera de mi corazón.
Sin embargo, no es amor.

¿Se puede amar a alguien de otra manera? ¿Se puede amar a alguien por fuera de uno?

A nadie puedo amar lejos de mí.
Sin embargo, no es amor. 

No hay lejanía que sobreviva. Si el amor vale sólo cuando estás, no vale. Me olvidé si el amor lo sentí un día o lo construí en la sucesión de tardes imperecederas. Pero ¿es que hay diferencia? Y sí, debiera haberla. Pero ¿y si no? El caso es que me olvidé qué es el amor. Y me desespera. Porque el amor es la mayor excusa para olvidar nuestra soledad eterna. Eso lo vuelve tan hermoso, tan tentador, tan para siempre. Y tan fatídicamente engañoso. Porque devela tan fácilmente su faz de mentira: probá con darle a tu amor algo de lejanía.  

Pero el amor está. Siempre está. Tan hermoso, tan tentador, tan para siempre. 

Sin embargo.    

Hoy no me sale evadirme.

La puta madre.

Estoy solo. 

Creeme. 

Ni en el orgasmo de mis ojos en tus ojos puedo dejar de pensarlo.