viernes, 12 de agosto de 2022

Ocaso


Una tarde me interpela. El sol ausente toma mi atención y la sujeta firme a sus certezas: todo se consume y el tiempo arde inasible. No había pasado antes. El ocaso de hoy me cuestiona y, sonriendo con su luz oblicua, me exige los permisos de mi rutina, de lo que construyo con o sin seguro. Todavía no lo creo.

Una compañía se extingue. Todavía escucho su presencia derramada en la arena, escurriéndose entre las piedras como granos de sombra. Es alguien que fue. Es alguien que soy. Es el instante entre el abrazo y el vacío, el momento inexistente del párpado a mitad de su recorrido. Todavía le hablo como antes, los ecos resuenan como ondas en el agua y no se detienen, mis palabras me calman. Las veo como veo la laguna, me reflejo en ellas, me entiendo.

Pero hoy el fuego de la noche me amenaza. Creí conocerlo, guardé la ilusión de cocinar mi cena sobre sus brasas. Viví engañado todo este tiempo. Entiendo que el universo confabula en mi contra y me descubro en falta, no puede ser cierto: soy el universo. Necesito del fuego en esta noche de invierno y hoy, después de todo lo compartido, su ausencia me retruca. Será su ardor quien intente alimentarse de mí esta noche. Ingenuo, creo tener el as, ¿acaso pueden quemarse los restos de un incendio, si el sol siempre cae por las tardes y mañana otras llamas indagarán mi alma?

sábado, 30 de abril de 2022

Fractales


 

¿Qué es lo más imprevisible que podés hacer en este momento? La pregunta y su respuesta repiten un patrón. Como un deja-vu, pero no. Te das cuenta que la misma pregunta y la misma respuesta se repiten en el tiempo. Como esta vez, hace diez años, en un lugar fuera de casa, en aquella noche de emociones encontradas, necesitás huir, irte hacia cualquier lado, así como estás, descalzo aquella vez, en ojotas hoy; corriendo aquella vez, caminando hoy. Necesitás algo no planeado, alguna acción no sujeta a la fuerza inconsciente de la previsión. 

Salís a medianoche de tu carpa y empezás a subir el cerro más cercano, sacás las manos de los bolsillos de tu campera para sacarle una foto a la última luz en tu camino. Ahora no se ve más que lo que alumbra la luna. Llevás una hora caminando, algunas espinas empiezan a tironearte el buzo, el camino se va cerrando y estar perdido empieza a molestarte. Estás en algún cerro de Tandil y no te interesa volver. En ese momento, en un claro que deja pasar la luna, sentís la presencia del miedo, como alguien a tu lado, tangible. Podés ver su cara de ausencias entre la claridad que araña la noche. 

Estaba ahí, esperándote oscuro y sentado en una gran piedra. "Tanto tiempo, amigo", creés escuchar. 

Todo encuentro ejercita la memoria: recuerdo el verano del 2012, una noche de febrero igual a la de hoy en la que salí corriendo a la playa. Qué importa que sean las dos y media de la mañana de un día de semana. Hay momentos en que es urgente hacer algo sin razón, escaparse de uno, irse corriendo de aquella casa que alquilábamos, de mi vida enferma, hacia cualquier lado, no sé, para chequear que uno no está muerto, que hay vida después de la rutina. Quince cuadras me separaban del agua  y esa noche hacía mucho calor, llegué a un mar sin luna ¿se metieron alguna vez al mar una noche oscura, hasta sentir las olas romper sobre sus cabezas, hasta sentir que la oscuridad se traga el cielo y el mar y sus cuerpos en un solo paisaje de negrura?

Ahí lo conocí al miedo, lo sentí antes y después, pero ésa fue la primera y única vez que hablamos, hasta hoy. Parece ser que en ocasiones el miedo sale de uno, se materializa en una presencia familiarmente extraña, absolutamente reconocible. No es fácil el diálogo aunque sus pocas palabras resultan, contrariamente a lo que se podría pensar, tranquilizadoras. Todo fondo es tranquilizador, todo fondo es el fondo del mar. 

Hoy vuelvo a ver al miedo y, como aquella vez, me redime. Siento el alivio de haber llegado a su fondo y saber que se termina ahí. Porque el peor miedo siempre es una sombra que ladra y que en seguida se topa con el vacío de la mente. Hoy, como hace diez años, el encuentro se repite y no puedo evitar hacer comparaciones y descubrir similitudes. 

“Me alegra volverte a ver, querido. Aquella vez había sido la oscuridad, hoy te preocupa la soledad. Realmente me sorprendió ver que estar solo te condujo hacia mí. Aquella vez fue un poco más fácil, cuanto más jóvenes las personas desaprenden con más sencillez. Las similitudes que encontrás son correctas. Existen patrones que estructuran la naturaleza, aquellos que se ven en las flores, las hojas de nuevos brotes, el movimiento de los astros o los cristales de agua, estas ecuaciones rigen también el tiempo. Tu circunstancia actual es muestra de esto, fractales temporales existen a distintas escalas: geológicas, históricas o dentro de la propia vida humana. Es así como cada cierto período circunstancias análogas parecen converger en un un nuevo, pero viejo, momento vivido. Las mismas emociones, los mismos pensamientos y actos se repiten en una estructura casi geométrica. El tiempo, en su inmaterialidad, forma una dimensión aún desconocida, una dimensión que puede verse en su substancialidad sólo por fuera de él. Es entonces que se pueden ver los dibujos de cada una de las vidas como bellas estampitas coleccionables.”

Pensás que tu vida se vería como un espiral o, mejor, como una planta de brotes concéntricos vista de arriba. 

lunes, 11 de abril de 2022

Antítesis

 


Me pareció raro encontrar ese libro en el desorden de la biblioteca de mi viejo, la tapa manejaba la estética de un best seller de autoayuda: el nombre del autor más grande que el título y el fondo era un cielo celeste adornado de nubes. Estaba, como la mayoría de los libros del estante más bajo de la biblioteca, enteramente carcomido por la humedad. Lo puse en la pila de libros para descartar.

Cada tanto me tomaba una pausa, ordenar esa biblioteca no era fácil. Mientras, chusmeaba los segregados, los abría, más por compasión que por curiosidad, y les decía chau leyendo dos o tres líneas. Además, confirmaba que realmente servirían más como papel higiénico o cartón. Retomé el de tapa celeste con nubes que me había llamado la atención, desentonaba con el resto.

"El amor es de esas palabras que conllevan un bagaje sociocultural imposible de sustraer al uso linguístico de la palabra", fue una de las frases que remarqué de un capítulo que mencionaba a diversos psicoanalistas y semiólogos que no conocía. El autor, de apellido indio, remarcaba que las palabras no pueden definirse herméticamente y relegaba al diccionario a un rincón de inútil fetichismo linguístico que nada tiene que ver con el fenómeno real y social que es el verdadero lenguaje.

El libro hablaba del amor cortés. Por lo que el moho me dejó entender, el autor hacía un análisis del uso de la palabra amor en la cultura occidental, del nacimiento del amor medieval como eje moral de la caballería y de las distintas acepciones que de la palabra se desprenden desde la lectura de la santa palabra.

En algunos pasajes mencionaba algunos ejemplos curiosos de cómo conceptos abstractos tales como la fe, el amor o el sexo se definen en una dialéctica particular existente entre el pensamiento mítico religioso donde el sexo es elidido y las bajas pasiones reinantes en el mundo. Menciona a Santa Inés, virgen romana, quién sufrió el martirio durante la persecución de Diocleciano y fue juzgada y sentenciada a vivir en un prostíbulo donde, milagrosamente, permaneció virgen.

Entendí que la ética del pensamiento occidental forja sus principios al calor de las contradicciones. Por eso la más virgen es la más puta, el más conocedor es siempre un ciego y el más rico, nada tiene. Algo de sentido tiene. La ceguera de los sabios ha sido, en la historia de la literatura, el oxímoron perfecto. Nadie ha podido memorizar más versos que los recitados por Homero, ni nadie ha escarmentado peor error que el cometido por Edipo, así como tampoco nadie superó a Borges, devenido en ciego cuando ocupaba su puesto de director de la Biblioteca Nacional, atacado, quién sabe, por el espíritu envidioso de Paul Groussac.

El libro mencionaba el amor perfecto de Jesús hacia María, joven prostituta, y así llegaba a la idea de que aquel descorazonado, incapaz de ejecutar el amor posesivo, de desvivirse por un ser amado, que todo lo da al complemento, reteniendo para sí lo imprescindible, que nada recela y es la antítesis del amante perfecto, es en realidad, quien ama de verdad. Para el autor, el amante perfecto era precisamente dios en tierra, en todas las diferentes culturas se repetía su figura, quienes todo lo aman sin amar a nadie en concreto. Quienes miles de años antes del new age ya profesaban que no se puede querer lo que se tiene, sólo se puede ser lo que se suelta. 

Algunos pasajes del libro no estaban mal. La posmodernidad, no obstante, se le notaba y sin compasión lo volví a la pila de descarte. 

martes, 14 de mayo de 2019

Instrucciones para ganar la lotería





Para tener éxito es importante no haber jugado nunca antes a ningún juego de apuesta. Las instrucciones a continuación están comprobadas y son irrefutables. Sígalas con rigurosidad y resultarán, equivóquese en alguno de sus detalles y las consecuencias podrían ser nefastas.

En principio es imprescindible contar con personas como Andrey o Luciano que te digan que cumplir 27 es especial por motivos poco comprensibles para la mayoría de los escépticos. Por más que uno se encuentre en este último grupo, se debe escuchar y dar espacio a argumentos jamás tenidos en cuenta.

Luciano me explicó que si nací el 1 de mayo de 1992, 27 sería mi número dado que resulta de 1+5+1+9+9+2. Andrey, por su parte, me explicó que es el último producto de la potencia de un número por sí mismo que puede cumplir una persona, conclusión que alude algo misteriosamente al Club de los 27, integrado por los famosos que murieron a esa edad. Además 2+7 es nueve, el último dígito de la escala decimal: cualquier nueve cierra un ciclo.

Las ideas atormentan, parecen delirantes, pero es necesario hacerse de ellas. Sacar cálculos, pensar durante el insomnio, si no es para saber la edad en la que uno debe morirse que sea para intentar ganar la lotería.     

Así es como comencé con mis cálculos. Los dígitos de mi celular sumados a los de mi teléfono de línea suman 54. 54/2: 27. No sólo eso, sino que mi celular suma 28 y el teléfono de casa 26, el promedio es 27.  Los dígitos sumados de mi DNI dan 39, si contamos el último cero como un diez (cosa que tiene lógica si uno piensa que el cero no tiene entidad por sí mismo y que en un dígito indica la decena) serían 49, esto es 7 al cuadrado.  

Todos los razonamientos conducen al número que querés si verdaderamente lo querés encontrar, y alguna noche imprevisible, forzando los cálculos y pensando en las cosas que uno nunca hizo, surge la idea de jugar a la lotería. También pensás que dos por siete es catorce, la mitad de mi edad y la fecha de hoy. Fecha cuyas cifras sumadas dan el número del mes. Entonces le jugás al 27 en el quino nacional del martes 14 a las 14 horas. Y ganás. 
 

martes, 2 de abril de 2019

La propaganda de un jugo artificial sabor naranja



Cualquiera nacido en los noventa puede recordarlo. Esa propagada de jugo en la que un mayordomo tipo Alfred servía una bebida artificial sabor naranja a unos nenes con plata y caprichosos. Una vez satisfechos, los nenes pedían más y el mayordomo contestaba "no se lo merecen".

Por algún motivo recuerdo esa propaganda y caigo en la cuenta de los por favor que me adeudan, de toda la gente que me pidió más antes de darme las gracias. Más amor, más tiempo, más compañía, más palabras, más sonrisas.

Gente que quiere saber cuánto vale subastando sus mejores virtudes para que un desprevenido pase y los mire, y cometa el error de dirigirles la palabra. Sin sospecharlo la persona a quien creímos inofensiva se convertirá en un vendedor cargoso de sí mismo. 

Confieso que fui soñador. Que esperé más de aquellas personas que rellenaban vacío de ego, que disfrazaban necesidades de hablididades, que resolvían carencias con demandas.

Esperé llegar subiendo escaleras proyectadas hacia ningún lugar.  

Confieso que fui incapaz de dar las gracias.

Confieso que fui idealista. Que creí en una sociedad ideal de amor desinteresado. Ya no. Entre un universo de gente sin dedicarse tiempo, que rompe sogas de tanto tirar de ellas, confieso que me gusta la tranquilidad de mi soledad.   

A todo esto me lleva el recuerdo de la propaganda de jugo y todavía no la entiendo. ¿Por qué el mayordomo les sirve jugo la primera vez si los nenes no han dicho por favor? ¿Por qué se niega a la segunda como si fuera un subversivo si antes se había mostrado tan dócil? ¿Es culpa de los nenes que son desconsiderados o mía que soy tan débil de carácter? ¿Es culpa de la gente que se muestra de una forma siendo otra o del mayordomo que los consiente? ¿Dónde está la justicia? 

Entre tanto me esfuerzo por dar las gracias todas las veces que sea necesario y me atrevo a no servir jugo si no tengo ganas.      


lunes, 2 de abril de 2018

Si tu ausencia


Si tu ausencia. Si nuestra imperfección. Si el olvido. Me desdibujo porque soy pasado. Y no me queda en las tardes más que la obsesión de terminar una idea, de intentar un texto perfecto, no me queda más en la vida que esforzarme por dejar en algún lado un poco de la belleza que fuimos.

domingo, 1 de abril de 2018

Llegar a ser nadie




Un día pensé en el suicidio. Lo hice con método, con frialdad. Sin llanto, sin lágrimas, sin tristeza desmedida, sin ofuscación, sin enojo, pensé el suicidio con apatía, con desgano, pero con método.

Entonces, un día, me maté.

No existe ningún acto humano que no sea precedido por su prefiguración mental. Lo que vas a hacer se adelanta en tu cabeza y genera la misma impresión que el hecho en sí mismo. Esta regla general se aplica también al suicidio y uno se siente muerto algunos segundos antes de que sobrevenga la muerte.

La sensación de muerte no es de dolor. Pienso que en el suicidio ideal uno no debería sentir dolor, digamos, a menos que uno no se muera de inmediato. En realidad, si uno sigue vivo o no, es un mero detalle. Porque uno ya se mató cuando tomó la decisión de suicidarse. El resto es operación, una maniobra superflua que adorna el hecho de una materialidad verdaderamente innecesaria. 

Entonces no tiene importancia hacer lo que uno ya hizo cuando tomó la decisión de hacerlo. 

Entonces, un día, me morí. 

Me rompí despacito, me diluí en el universo, desecho entre el tormento de impresiones del mundo. El suicidio era necesario. Romperse todo, para llegar a ser nada y volver a hacerse. 

Llegar a ser nadie. Alcancé a formatearme, a borrar mis datos, pude lijar, pude sacar, pude barrer, pude ventilar, pude disolver. Y llegué al punto sin forma. Donde se pueden reinstalar las cosas, donde podés agarrar lo que querés del mundo, la pintura, los adornos, los muebles, los documentos, para ponerlos en nuevo orden. Hacerse como uno quiere. Hacerse a medida para el mundo, siguiendo un modelo autoimpuesto la mejor de las veces, exigido en la mayoría de los casos. Entonces a trabajar, a trabajar duro y pegar todos los pedacitos rotos para que quede algo mejor. Algo potable. Veo mi reflejo y parezco entero, quedé como quería. Me encuentro lleno de cosas buenas, de virtudes, de conocimientos, de experiencias. 

Veo mi reflejo y soy el que siempre quise ser. Pareciera que ya está. Pero no. No puedo seguir del todo vivo si ya me maté. Se ve que en la muerte se me olvidó algo. Un motivo, un desafío, una expectativa. 

A la mañana, me duelen los sueños de la noche. Los tengo pegados en las lagañas de los ojos, como reflejos de mi vida pasada, se posan viscosos en las comisuras vacías. Tengo adentro muchos vacíos. Lugares en los que no supe qué poner, en los que ninguna honestidad encajaba, y los dejé así, sin nada. Esos vacíos me generan dudas. Las dudas son adormecedoras. Al mediodía miento certezas para salir a trabajar, para ir convencido de algunas cosas, para parecer mejor persona. 

Pero vivir sin vida es imposible. Es como si te faltara algo, quizás sea existencia, un ideal, pero tampoco… es… debería pensar otra palabra.