En las afueras de una gran ciudad la gente se
acerca entusiasmada al circo. El día está nublado y el público está inquieto. Muchos han visto los
afiches en las calles, otros han escuchado los buenos comentarios. Es un buen
día de espectáculo. Los ánimos convergen en busca de alegría y diversión. Se
abren las boleterías y una multitud se adentra en el universo circense. Casi
todos buscan con mirada ansiosa aquel fenómeno que protagoniza las propagandas.
El célebre prodigio de la compañía. Pero no ven nada. Por el momento la
atención general se detiene en las enormes fieras y sus domadores, en la mujer
barbuda, el faquir y el hombre más fuerte del mundo. Un puñado de payasos hace
su número en distintos puntos del predio. Algunos espectadores advierten una
gran jaula cubierta con una espesa manta. Situada a la derecha del león está
oculto el fenómeno. Es la mayor atracción y no será presentada sino hasta las doce. Faltan
pocos minutos y los parlantes lo anuncian. El público se agolpa en las barreras
de contención y las miradas se encuentran extasiadas. El presentador sube a una
tarima y anuncia con pompa un caso que dejará pasmado al que lo contemple, la
estrella del circo, el prodigio que nadie jamás ha visto en el mundo. Sin más preámbulo tira de una cuerda y el telón se descubre mientras su voz proclama: “con
ustedes, señoras y señores: la persona más enamorada del mundo”. La reacción en
todos los espectadores es unánime, nadie pestañea, los más quedan boquiabiertos
y no faltan las que, asombradas, ahogan un grito de sorpresa. El fenómeno es
verdaderamente llamativo. Detrás de unos fuertes barrotes adecuados al caso se
encontraba una persona enamorada como nunca se ha visto. Las expectativas del
público son cumplidas con creces, nunca han visto ni pensado algo igual. La
multitud desfila frente a él. La maravilla los mira estático desde su encierro.
Los que lo miran susurran expresiones de admiración y algunos le tiran pedazos
de pan, devorados con ferocidad. La tarde transcurre y el público se retira lentamente, aún aturdidos por tan gran espectáculo.
Así como un trébol resulta muy hermoso en un jardín y puede ser exageradamente pernicioso en un cultivo de maíz, la literatura se ve muy linda escrita pero en la mente se torna verdaderamente tóxica.
sábado, 12 de octubre de 2013
domingo, 8 de septiembre de 2013
Al próximo vagón
Entre trenes conocidos voy perdido. Camino con el ánimo mentir cortesías. De inventar sonrisas. Y en las que encuentro me refugio. A una mujer le hablo. Ella también finge. Y así, como si nada, encuentro cosas: unas ojotas, unas sandalias y un melón. En lugar de la mujer hay ahora un hombre. Lo miro a la cara y me veo dormido. Él me conoce y me dice que estoy cambiado, que ya soy grande. Me dice que cuando escriba algún sueño lo haga brevemente, para no aburrir.
Sigo. Dirijo una mirada torcida al hondo horizonte por donde vendrá el tren en cualquier momento. Me encuentro cansado. El cuerpo me pide quedarse, dormir y comer. Mi alma busca correr, conocer y perderse. Me siento y cabeceo del sueño. Soy uno, dos, tres. Imaginando un puente lo veo al revés, uniendo mares sobre la tierra.
Al fin me despierto. Y me desentiendo. El tren llega y me subo. Soy chico. Desparramados y pisoteados por la gente están todos los juguetes que mutilaba de pequeño. Veía a todos los regalos con ansias de que se arruinen pronto, y así poderlos intervenir con destornilladores y pinzas. Con maña los destruía. Siempre quería saber qué es lo que tenían adentro y siempre era menos de lo que imaginaba. Me chupo el dedo. Algunos pibes cancheros me joden porque soy gordo. Mejor me paso a otro vagón y crezco.
En la segunda fila de la derecha está sentada la muerte y su conciencia y empiezo a masturbarme a escondidas. Quizás en el asiento más lejano. Cuando termino decido pasar al siguiente vagón.
En el pasaje entre un vagón y otro hay lugar para el tránsito de una sola persona. Un chico quiere cruzar al mismo tiempo que yo. Ninguno de los dos retrocede y por un instante nuestros cuerpos coinciden en el espacio y el tiempo. Él se llama David, un chico que se drogaba antes de creer en Dios. Él y yo nos encontramos lejos, en Neuquén. Yo estoy por cumplir doce años y es un día hermoso entre las montañas. David está sentado al lado mío y habla despacio. Me cuenta del Señor mostrándome la Biblia que le regaló su mamá y escucho la paz de su alma. Me explica que dentro de nosotros hay dos perros, uno blanco y otro negro, peleando por el hueso del cuerpo. Y me enseña a orar. Un segundo pasa. Y luego nos alejamos.
Entro al furgón. Adelgazo. Mi adolescencia viaja con la mirada ensimismada en la ventanilla. Viendo nada. Como estúpida. Desencantada del mundo comienza a leer. Y lo hace con fervor. Así es como me creo un mundo imaginario. Creo en un mundo donde hay seres ilustrados y otros que son infatigables trabajadores, donde hay ignorantes y donde hay sátiros. No imaginaba que cada uno de nosotros era una mezcla de todos ellos. Vivo decepcionado de mis categorías tan simples y también de ver un mundo de egocéntricos que no andan muy equivocados. Quizás para entender el mundo solo baste entenderse a uno mismo. Pienso que Dios mismo es egocéntrico y lo niego. Cabizbajo voy yendo a otro vagón.
Empiezo a olvidar cosas. Mis primeros olvidos. Recorro las filas de los asientos con la mirada, me olvido de David y lo veo a Emilio de chico, a Micaela, a Ezequiel, recuerdos de algún recuerdo. En las últimas filas algunas parejas discuten de amor y me parecen personajes de Dostoievski. Leyéndolo es que intuyo que todos los problemas de amor son los mismos. Pero aún no los entiendo. Ya tengo un poco de barba y unas pocas chicas lindas me miran. Yo lo hago por curiosidad. Veo en sus miradas algo. Y veo pornografía. Y aprendo pocas cosas. Al mismo tiempo leo a Borges y otros. No los entiendo y me canso de leerlos. Pero algo me queda, algunas tristezas. El miedo de no poder salir nunca de mí me invade, entonces salgo a correr. Me escapo de mí mismo o lo intento. Trato de cerrar los ojos y ver hasta dónde llego antes de sentir que puedo desmayarme en el esfuerzo. Y de esta forma llego corriendo al último vagón.
Tengo la certeza de que no creceré más de alto y eso me hace pensar que he llegado a algún lado. Ya soy casi el que soy. Y mis pesadillas se hacen más imprecisas. Casi no son pesadillas. No me dan miedo ni me asustan. Me vuelvo loco, me muero, me enamoro, imagino historias, me siento amado e incluso combato termitas asesinas y juego al ping pong con Godzilla. En el último asiento de la derecha me veo dormido. Babeando la almohada.
Me bajo en Lomas de Zamora. No me voy de la estación. Espero sentado el tren que viene.
lunes, 1 de abril de 2013
Ho y Shu
Ho y Shu nacieron en las afueras de Nantong. Junto a otros, ellos
segaban arroz en los campos. Ho era de brazos fuertes y perseverantes como los
del buey y nadie como él soportaba el peso de la labor durante los meses
estivales. Como el oscuro búho, Ho no dormía. Entre sol y sol y durante noches
de sombras y ayuno Ho segaba arroz hasta los lindes que sobrepasaban la vista
de cualquier hombre. Ho había sido búho y buey.
Mientras a Ho lo refrescaba el rocío de cada mañana a Shu el sudor
propio le empapaba la frente. A Shu todos lo reconocían por las melodías que
sus movimientos perpetraban en el aire. Sucedía que Shu era tan veloz que su
hoz silbaba al surcar el estático espacio entre espiga y espiga concertando
armonías imposibles. A él, el trabajo le aceleraba el pulso de su corazón y le
hacía creer en Dios. El vuelo de sus brazos imitaban al ibis y sus pies se
adelantaban como los de la liebre. Shu había sido ave y liebre.
Ho y Shu nacieron en las afueras de Nantong. No era la primera vez
que lo hacían. En su Existir, las vidas y sus nacimientos eran estaciones
pasajeras. Ho conocía el sabor de la madera de sauce y el olor del Nilo.
Había mudado cinco veces sus escamas y supo habitar durante cinco días en la
cabeza apiojada de un niño. Shu sabía tejer telas pegajosas en los rincones y aullar en las
noches de luna. Además, consiguió permanecer mil años en pie encarnado en un
viejo pino.
Memorias de inviernos largos, de muchos pelos y de vuelos
incansables se confundían en sus cabezas. En un campo anónimo de China, ya no
sabían si eran ellos mismos o el arroz que segaban.
jueves, 7 de marzo de 2013
Ellos dos
Juntos o, mejor dicho, a la
vez, quedaron en verse sin haberse visto nunca. Trataron de que sea algo más
bien casual, sin tantas vueltas. En un principio Él pensó en un bar o un café,
pero a Ella la idea no le gustaba, quería para ellos algo verdaderamente
especial e insistía con la idea de algo espontáneo. Él propuso entonces que
para verse por primera vez deberían irse de la ciudad por separado, en un
supuesto viaje personal de ambos y, de esta forma, encontrarse en otro lugar.
Pero Ella pensó que era una idea demasiado exagerada para la cita que tenía en
mente y propuso entonces que el encuentro sea en una sencilla parada de
colectivo. Él estuvo de acuerdo en casi todo, menos con la idea de permanecer
en pie durante el encuentro. Atenta, Ella propuso una idea que lo conformó en
absoluto. La parada en cuestión terminó siendo aquella del quiosco grande,
frente a la mueblería, donde Ella toma el 303 al trabajo y donde Él suele pasar
a diario. La hora fue pensada con similar condición y algunos vaivenes. Él
supuso que las 18:00 hs era un buen horario, pero a Ella no le gustaba y quiso
que se viesen a las 13:00 hs, creyendo que una cita casual debía darse en un
horario más bien grisáceo. Fue entonces que, sin hablarse siquiera, quedaron en
verse.
Tanto uno como otro intuían su
presencia pese a estar alejados, y se seducían con pensamientos de aire. La
luna jugaba con la luz del sol y encendía los pavimentos del mundo, pero no
adivinaba la lluvia de mañana. Ellos acostados, pasaban revista a los rostros
soñados pero en ninguno de ellos estaba la cara del otro. No intentaban
imaginarlo porque sabían que la posibilidad de tener alguna certeza era
totalmente vacía. Entonces, Ella cerró los ojos sin expectativas y luego Él.
Un viernes de llovizna. Él
partió de su casa cuarenta minutos antes de la una de la tarde, la hora exacta
de lo inexacto y lo imaginado. Ella lo hizo menos cuarto. Tanto Él como Ella se
dirigían al trabajo. Ella, caminando a la parada del quiosco, pensó que hizo
bien en vestirse con la ropa diaria, y Él, sentado ya en el 707, no se mostraba
muy ansioso por tan inesperado encuentro. En la ventanilla del colectivo las
gotitas también se encontraban entre ellas y contra el vidrio, se citaban sin
conocerse las unas a las otras y en medio de su viaje al piso. Mirando, Él pensaba
que cada una de ellas acercaba la hora de su propio encuentro, que podría haber
sido aquella fijada u otra cualquiera. Si algún pasante los viera sería incapaz
de reconocer en ellos a dos posibles enamorados. Él recordó a una chica que en
su escuela lo había enamorado de amor lejano y que era hermosa, pero la
convicción total de que no habría coincidencias con Ella lo mantenía alejado de
cualquier preocupación. Ella sacaba cuentas y se percataba de que llegaría
tarde al trabajo porque su hora de entrada era a las 13:30, deseó que el 303
llegara pronto.
Él mira un reloj de cuero. La
cita de ocasión estaba lista para darse. Cinco minutos faltan para las 13:00,
pero lo mismo daría si faltaran más o menos porque ellos se encargan con
eficiencia de ignorar que Él la verá a Ella y que Ella lo verá a Él. No había
expectativas ni ilusiones, de hecho, no estaba permitido ningún pensamiento
precedente acerca del asunto en cuestión ya que el mismo daría por nula
cualquier posibilidad de sorpresa. Prudentes y con vida ambos confluían hacia
la parada del quiosco grande por caminos distintos y sonreían sin saber nada.
Lo imprevisible es esencial, aunque sea de imitación. Y por lograrlo se
olvidaban del encuentro, de la hora, e incluso de ellos mismos.
Él, sentado en su colectivo,
mira por el vidrio y distingue la parada del quiosco grande. Allí estaba Ella,
que lo ve pasar. El 707 no se detiene. Ellos dos se miran entre el agua del
cielo y se desean. Son diez segundos. La cita concluye sin más. Y se olvidan sin
saber que con ellos también se chocan otras gotas de lluvia en el parabrisas de
la ciudad.
martes, 1 de enero de 2013
Un vuelo
Entre las ramas de la Santa Rita aleteaba, subía y bajaba en vuelo admirable un picaflor o colibrí que visitaba muchas flores de muchas plantas en su aleteo perfecto, apenas perceptible. Sabía, por el martín pescador, que, así como las parejas que deciden engañarse se autodestruyen, la vida de un picaflor termina cuando decide dedicar su labor a una flor individual, anomalía infrecuente entre los de su especie. La advertencia fue clara: el amor y la fidelidad eran la peor condena.
Un día de nubes nocturnas el ave visitaba a su planta predilecta, aquella de flores hablantes. Su indiferente picoteo se detuvo ante una infloresencia distinta, ella le habló y lo que no debía suceder ocurría sin reversión posible: el picaflor se estaba enamorando.
Encegueció su vista y el descubrimiento de la fidelidad llenó su estómago de comodidad. Sus visitas por día a la inflorecencia hablante no podían contarse y pronto la pobre requerida agotó todo su nutritivo néctar y nuestro protagonista comenzó a tener hambre.
Las necesidades físicas se aplacan fácilmente con firme voluntad, y optó por quedar en compañía de su enamorada de forma permanente. El picaflor distraía a su amada con largas charlas, su vuelo ya no era ascendente ni admirado. Su posición era necesariamente la más quieta; cuanto más estático permanecía él, más podía contemplar su perfección. Tal esfuerzo desgastaba sus plumas y agotaba su corazón.
El tiempo, a su tiempo, envejecía a la flor que perdía su firmeza y opacaba su voz. El ave tan enflaquecida como persistente acababa ya con sus pocos ánimos. De sus ciento cincuenta plumas le quedaban unas veinticinco ya débiles y algo apiojadas. Su panza se llenaba de elogios y promesas extenuadas y su corazón era sostenido por la vieja corola de aquella flor marchita.
Un día la flor cayó de muerte para volverse tierra y el picaflor se encontró solo en el mundo. Triste sin palabras decidió guardar su fidelidad en silencio. Había conocido el amor unívoco y por eso mismo tan incomparable, la fatalidad estaba consumada. Tomó algunas fuerzas del aire y buscó sin suerte alguna flor de la cual alimentarse. Se vio frustrado y confundido: ninguna era igual a ella. Una enfermedad progresaba y en su desesperación visitaba a otras flores luminosas, rosas ordinarias, claveles voladores y alguna que otra azucena. El desconsuelo descomponía su corazón y sus huesos se despedían de su carne.
La muerte pudo con él. Su vuelo exánime cruzó el aire y dirigió su cuerpo desplumado hacia el suelo. Y por primera vez se lo pudo ver volando de arriba hacia abajo. Era de no creer, algunos pájaros conocían su dolencia y eran compasivos. Otros, influenciados por las malas lenguas, afirmaban que sólo caía.
domingo, 2 de diciembre de 2012
Un gallo quieto de veleta
En la casa de enfrente a la mía hay un gallo quieto de veleta. Lo recuerdo ahí desde que soy pequeño, y de todas las casas que conozco en el mundo es la única que posee un tejado con tan pavoroso instrumento. En los días de viento el gallo pérfido de veleta cobra vida y, guiado por fuerzas celestiales, expone equívocas coordenadas. En mis peores pesadillas aquel gallo se luce herrumbroso y entre el soplo de tormentas espantosas repite su chirriante baile. Entre el este y el oeste se define su malévola figura, y desconcierta al caminante que lo observa o lo sueña. De hierro sus ojillos rojos esperan atentos que pierdas el rumbo, no los veas. Estáte atento. Algún día, tal vez, la veleta caerá de oxidada. Pero lo dudo. Por el momento y con mirada gacha, sigue tu vacilante senda. Hazme caso. Quizás te salves si ignoras el viento de sus mentiras. De otra forma, le errarás al camino.
martes, 20 de noviembre de 2012
No hay luz ni héroes
Por la 205 un camión parece fumigar las estrellas con su humo. Llegaba con lentitud a su destino. El parco velo de una noche calurosa cubría el mundo de afuera y hacía que su cabina se volviese más cómoda. Fernando se remueve en su asiento con pausa, sabe que está demasiado gordo. Para evitar la soledad rugosa del pavimento hablaba solo. “Vamos Fernando, dos horitas nomás, dos horitas y llegamos… no seas hijo de puta, comiste y dormiste todo el día…”.
Entró al pueblo. Una irregularidad lo obligó a detenerse. Vio que en la guantera su hijo había pegado una etiqueta del hombre araña, y recuerda que mañana iba a ser el día del niño. Son las once menos cuarto. Del hombre araña sus ideas viajan al titán Martín Karadagián, a las tomas del Caballero Rojo y a la energía del Súper Pibe, ídolos y héroes de la infancia.
Una sonrisa amplia y sin afeitar rememoraba aquel deseo sincero de ser uno de aquellos personajes tan queridos. Conservaba aún el verdadero sentido de la justicia y la moral totalmente irreprochable, casi religioso. Su devoción natural hacia la familia y el trabajo, se distinguía entre el volumen de su carne y su afición al alcohol como los faros de un coche en la ruta nocturna.
La vida lo quiso ahí mismo, en ese momento, donde a pocos metros el negocio de la estación de servicio estaba siendo asaltado.
Armas de fuego, capuchas y ademanes furiosos animaban una escena de violencia. Gritos, tiros y corridas. A los ojos de Fernando se despliega la realidad compleja. La efervescencia del momento escapa a la lentitud de su pulso, que no comprende aquella situación de vida o muerte. Los pensamientos heroicos se tornan incómodos, estúpidos. Piensa en lo que puede hacer y en su querido hijo durmiendo. Sangre inconveniente y causas complicadas hacen de Fernando una estatua inmóvil. El drama de la situación concluye. Los ladrones huyeron, el patrullero tardará unos minutos en llegar. El tiempo le devuelven la calma a la calle y él vuelve a su camión. Ve la hora, son las once y veinte pasadas.
“¡Qué mierda!”, dice sin saber bien a qué o a quién se refiere. Prende la radio apagada con un ánimo esforzadamente tranquilo. Enciende el motor y en sus oídos la voz del locutor no es escuchada. Le queda todavía un miedo extraño. Se siente ridículo. En Lobos todavía no hay luz. Ni héroes.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






