martes, 28 de octubre de 2014

Pescador de estrellas



Pescador de estrellas, tan tonto, con tu inútil tanza ansías aquellas que en el hondo firmamento se entremezclan- dijo uno.

-Cazador de astros, nunca lograrás enlazar una felicidad tan lejana. Nunca nada alcanzarás y morirás intentándolo- dijo otro.

-Por intentarlo es que subsisto. Si no yo, será otro el que logre la imposibilidad- responde él.

viernes, 16 de mayo de 2014

El Ser y la Luna



En un principio era la Satisfacción. Sus hijos, los antiguos dioses ociosos, se disputaron la paternidad de un nuevo Ser que, una vez crecido, los devoró a todos y creó al mundo. El Ser era único y pensante. Cuando él quiso creó la noche y la luz a su parecer y, una vez concluida su tarea, se sentó a reflexionar. La luna de su pensamiento se elevó en el cielo nocturno crecida de malezas y luz ciega; fría y distante aquella luna nueva empequeñeció aún más  la calidez de sus divinas pasiones. A medida que reflexionaba, el Ser develaba el universo y se descubría a sí mismo. El árbol que prosperaba en su corazón fue deshojándose por tanta lumbre seca de amor, llenándolo de hojarasca por dentro mientras el otoño (la estación más triste creada por el Tiempo) le enfriaba los pies. En la enormidad del universo no cabía otro escenario como aquel, tan absoluta era su pequeñez; y el adormecido ser primigenio que contemplaba la luna como quien se mira al espejo era consciente de ello e impertérrito entabló una lucha silenciosa contra el astro de plata que adorna la noche. Sus miradas atravesaban la profundidad del espacio. La Luna hija misma del único Ser desafiaba a su predecesor desde lo alto. 

La lucha silenciosa había comenzado para el que, sentado, la había incitado sin prever que conllevaría su propio fin. El primero que alcanzara la verdad triunfaría por sobre el otro. El Tiempo, viejo dios reducido a vestigios de períodos incalculables, no tenía injerencia en aquel combate astral y el duelo se extendió por dimensiones desconocidas. La luna regañó la imperfección de dos opuestos, la noche y la luz, que no podrán convivir en un mismo mundo a menos que ella los reconciliara.

El Ser único y pensativo, la corrigió:              
-Nada sabes de la noche y de la luz, ambas creaciones mías.
-Yo soy la luna de tu pensamiento, estoy dentro de ti  pero me encuentro fuera de tus creaciones imperfectas y divididas. Soy luz y noche en una, razón y pasión en una y de tus ideas soy luna.
-No puedes estar dentro de mí y a la vez tan lejos porque el Espacio es creación de viejos dioses y no puedes contravenirlo.
-Lo hecho ya no puede deshacerse, en ti me di yo y en mí se dará lo que no se ha dado por sí. En este momento el universo se escinde, ya no será el que conoces, hijo encorvado de la Satisfacción, sino que en este nuevo cosmos yo seré la ley y la reina.
-Si estás dentro mío te será imposible destruirme.
-Creceré dentro de ti y viviré al costado de tu consciencia, ya tu razón unívoca de nada servirá. No te destruiré como hiciste con tus padres a los que pudiste amar. Sino que te haré sangrar. Rojo sangre. Rojo vida. Una vez al mes dolerá tu sangre. En ella se integrarán los elementos, tierra fértil, agua bendita y fuego sagrado. 

Desolado, el Ser descubrió su falta y a la luz de la Pálida Luna vio la descomposición de aquellos viejos cuerpos en el suyo. Entendió que el mundo que había creado era impuro y que todo allí iba a ser consecuencia de unas mismas causas y esas causas impuras conllevarán en germen las mismas consecuencias, así hasta siempre.      

-En el nuevo mundo nadie podrá predecir lo que pasará, todo será imaginario y el impulso divino del amor y la pasión dará forma a todo y hará surgir cosas desconocidas, mientras el universo que habitas envejecerá hasta el infinito encerrado en su propio cascarón y en él nada nacerá, nada cambiará y todo será igual y así morirá.

El Ser dejó ir a la victoria y a la Luna con ella. Quedándose solo, miraba a su alrededor con profunda congoja y envidiando el destino del perpetuo prisionero que al menos tiene la fortuna de morir algún día.  De este modo, el árbol que prosperaba en su corazón acabó seco, llenándolo de leña por dentro mientras el invierno le enfriaba los pies.

miércoles, 7 de mayo de 2014

En el cerro Corá



Marco nunca había sufrido tanto la falta de espacio en la camioneta, viajó con las rodillas  flexionadas hasta el pecho y tenía el cuerpo totalmente entumecido. Por suerte estaban llegando. La visita a Paraguay era parte del cronograma habitual de la familia Estigarribia, aunque este verano se veía inesperadamente incitada por la enfermedad del viejo Agustín. En él pensaba Marco, mientras las calles de asunción lucían por la ventanilla; recordaba la última imagen que había tenido de su abuelo el año anterior, siempre enérgico y contador de historias. Difícilmente sería la misma. 

Cuando llegaron, el alivio de Marco por sentir sus piernas liberadas contrastó de inmediato con la triste impresión de ver a su abuelo Agustín postrado en su dormitorio. -Hace dos días que le cuesta levantarse-, les dijo Estela. Los recibió con las sonrisas y bromas habituales, pero la noche siguiente su salud empeoró, el viejo Agustín Estigarribia tuvo que ser conducido al hospital. Había comenzado a toser sangre y su viejo cuerpo rechazaba los alimentos.

A las tres de la madrugada, Marco se quedó sólo en la sala con su abuelo que dormitaba anestesiado en la camilla más cercana. Paraguay no le gustaba y estar en ese lugar no mejoraba la situación, desde que llegó no hizo más que pensar en cuándo volvería a la Argentina. Agustín comenzó a susurrar cosas al principio ininteligibles y luego más claras. Susurraba despacio y calmo cosas que Marco no lograba distinguir.  

-Menos mal que estás vos, Marquitos, te quería hablar a vos- comenzó inesperadamente con los ojos cerrados. Marco se le acercó lo suficiente como para que su abuelo lo advirtiera. -Sí, sí, a vos te quería hablar. Te contaría lo que me pasó allá en el Cerro Corá, un día de muerte como el de hoy, pero no sé si hay tiempo, ¿hay tiempo?- Sí, sí, decime- le dice Marco. 

-Humm… el tiempo que quedaba en el Cerro Corá sí era poco, ya todo iba a terminar. ¿Te conté esta historia ya, Marquitos? Bueno, bueno, no importa la cuento de nuevo, me vas a escuchar ¿no?

En cuanto escuchó “guerra” y “Cerro Corá”, Marco identificó la historia de su ascendiente en séptima generación, Teniente Agustín Estigarribia, combatiente del ejército nacional en tiempos de la Gran Guerra. La escuchaba todos los veranos, al principio, cuando él era más chico, la historia no variaba demasiado, en los últimos años, en cambio, la historia era adornada de las formas más extrañas por la memoria deteriorada de Agustín. Al punto de que parecían siempre relatar hechos diferentes. Se la había trasmitido la memoria de su padre, era el más preciado de todos sus cuentos y de cierta manera el más literario también, en él arriesgaba alguna que otra metáfora.

-Te escucho, abuelo.

-Hacía un calor como el de hoy, Marquitos, y los árboles esperaban el alba de un día que llorará por siempre la gloria de los que murieron defendiendo su tierra. En el cerro el rocío nace con la primera luz y se evapora rápidamente. El bosque que atravesamos desconoce que ha sido el llanto y no la lluvia lo que lo ha regado durante los últimos años. En el amanecer se escucha la brisa, pero el paisaje es intranquilo: una multitud de brasileros apuran nuestra retirada. En los pies leñosos de este bosque el odio se va infiltrando como en un zapato que pisa el agua. Las aves surcan el miedo con su vuelo, desconocen la guerra y las naciones porque no se puede trazar límites políticos en el aire. Los chimangos gritan y advierten con hambre que aquella mañana la comida será escasa porque tienen prohibido por Ñanderurusú comerse a los nacidos en su tierra.

Son cuatro mil quinientos soldados brasileros contra cuatrocientos cincuenta defensores paraguayos que no defendemos ya nada aparte de nuestras pobres vidas. La retirada es el gesto más doloroso que queda al final de tanta guerra. Ninguno de nosotros miramos para atrás. En las filas invasoras se escucha una única mentira, la que proclama a Francisco Sólano López como el mayor de los tiranos y la amenaza más peligrosa sobre el continente.

Él mismo preside la partida, su presencia nos infunde confianza. La mitad de nuestra comitiva son mujeres, viejos y niños. Algunos pocos creyentes e ingenuos confían en que volveremos a nuestras casas vivos y como seres libres, mientras los demás apuramos el paso. Los triunfos heroicos quedan lejanos. Y el miedo nos cansa mucho los pies.

De los doscientos combatientes unos cincuenta somos verdaderos soldados. De todos ellos hay uno solo que vivió la guerra desde los primeros combates y ése habla, Teniente Agustín Estigarribia. He contemplado los matorrales del Mato Grosso, así como los esteros amenazantes del Iberá y los sangrientos pantanos de Tuyutí. También he visto las explosiones de los buques en el  Paraná y a mis oídos llegaron los rumores de cómo ocho mil soldados correntinos, a la manera de aquel Cruz del Martín Fierro, se negaron a luchar con el gaucho valiente que era el Paraguay, uniéndose a él y a toda una nación hermana.

Marco cayó en la cuenta de que su abuelo ya desvariaba. 

- En el Cerro Corá mis pasos cierran la partida. En mi calzado, el inocente rocío atenta mi ánimo con su traidora humedad. En mi cintura, una pistola alemana, un sable corvo y un facón mellado que no conservaría si no fuera de un amigo caído en Tuyutí. En mi corazón, la serenidad del fin. Pienso que si tuviera que elegir algún momento de la larga guerra para morir habría elegido el último, no por presuponer una vida un poco más larga, cosa insignificante, sino por la tranquilidad de saber que después de uno se encuentra el cambio ¿no, Marquitos? No hay nada más angustiante que pensar que incluso después de la muerte, la guerra y las desgracias continúan, como si ésta fuera por nada.

Un ejército diez veces mayor que el nuestro se acerca por el camino que vamos dejando. Será imposible evitar que en menos de una hora y media se pongan a tiro de fusil. Es necesario organizar una línea de defensa, aunque sea precaria. Se dispone que las mujeres y los pequeños continúen la marcha, e incluso se les sugiere que se desbanden por el bosque próximo, pero no lo hacen, ¡así de combativos somos! Nos detenemos en las orillas del arroyo Niguí. La luz aumenta aunque los árboles y las nubes tapan el sol en el horizonte. Las hierbas que pueblan el llano se achatan y el arroyo se silencia. La batalla se inicia. La última en la Gran Guerra. El mundo la ignora. Argentina y Uruguay comienzan a olvidar todo el mal trago. 

Nadie cree que más violencia de la habida hasta entonces fuera posible. A esas alturas todos eran perdedores. ¡Ignorantes!, nos atacan con la ilusión de una gloria ya del todo imposible: la situación de Brasil es también miserable, el imperio se encuentra devastado por tanta guerra, por la peste y la crisis.  

Entretanto nos van matando. El coronel Luis Caminos mira el cielo en el momento en que una flecha se le viene a clavar en el pecho: del otro bando hay tribus vendidas. El general Francisco Roa prefiere morir entre las rocas de un arroyo cercano. Benigno Ocampos es presa de privilegio porque Joao Feres no olvida su humillación en la batalla de Uruguayana. El Presbítero Francisco Espinoza, que cree en Dios, muere fusilado y puteando a los porteños traidores por cuestiones personales, siendo que él, tiempo atrás, era padre en una parroquia lejana de Buenos Aires. Algunas mujeres quedan prisioneras. 

El mariscal Francisco Solano López sigue a caballo y con su círculo más cercano logró apartarse hasta las aguas del arroyo Niguí, el mariscal pelea herido hace rato y los brasileños lo asedian, su cabeza tiene un precio alto. Es tarde para evitar la muerte deshonrosa del presidente, lo tumban del caballo y capturan a su esposa. El mariscal besa la bandera en un ademán tan exagerado que los brasileños atestiguan que intentó tragársela. Y tras explotarle un tiro en alguna parte del cuerpo exclama la frase célebre: ¡Muero con mi patria! escucharán unos pocos, ¡Muero por mi patria! atestiguarán los más sinceros.

Luego de su muerte todo es confuso. Un grupo de diez fuimos la última resistencia paraguaya en la Guerra de la Triple Alianza. No aguantamos mucho. Yo sostengo el sable corvo y me parapetaba de los tiros atrás de un tronco de yuquerí. Observo nítidamente los rayos del sol que se filtran oblicuos entre las nubes del este. Dejo sin vida a un soldado que se acerca confiado a mi posición. A lo lejos mi compañero no le va tan bien y lo sorprenden por atrás. Mal parado, aquel soldado del Paraguay es atravesado por una faca enemiga.

Soy, por tanto, el último paraguayo en tierra paraguaya. Algunos brasileños ya cantaban, a lo lejos. Comienzan a ultimar a los caídos, dispuestos a marcharse. Una bala me revienta por el costado. No la siento y tanteo la herida. ¡No puedo creer que el fin sea sin dolor alguno, que sea tan vacío, Marquitos! La tibia muerte me resbala por toda la parte baja de la espalda, pero es cálida, ¡y no duele! Me voy del árbol y voy a un largo prado que se extiende delante de mí, ¡me largo a correr, Marquitos, a correr!

El viejo Agustín comenzó a agitarse. Hacía ademanes y se incorporaba en la cama. Marco estaba estático viendo a su abuelo delirar, mientras la enfermera le aplicaba un anestésico. 

-No será una muerte honrosa pero no me importa. Unos que venían se burlaban del caso: o me alcanzan o me muero desangrado antes de llegar a la arboleda. Pero lo ridículo era pensar que corro por salvarme. Qué triste morir postrado como un enfermo si puedo sentir la energía de los músculos antes de que se me vaya el alma. Nadie sabe por cuánto el cuerpo quedará inerte bajo la tierra. ¡Corro! ¡Corro a toda velocidad, Marquitos! Es una desgracia morirse sin espíritu, sin sentir ninguna emoción por última vez; por eso hay miedo en mi corazón. ¡Ah, traidores!, ¿qué se creen?  ¡Corro como un niño asustado! ¡Qué lindo el sol, Marquitos! ¡Qué satisfacción despedir así a la sangre de toda una vida! No quiero morir como viví durante estos meses largos. ¡No quiero morir como un muerto!

Agustín calla, fatigado. Lentamente el sedante surte efecto. Marco se aguanta lágrimas que no son de él. La madre entra, Agustín dormía y respiraba regularmente. 

Marco sale del edificio, sin advertir a su madre, casi corriendo, sin aire. Mira de inmediato el cielo sin luna, las estrellas se ven bien. Camina rápido a su casa. Afuera, los nombres de las calles se parecen a los de la historia de su abuelo.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Hechizo de melancolía



Tomás se dirige al living mientras duerme su madre. El libro que siempre quiso está en lo más alto de la estantería. Lo asombraba su tamaño, imaginaba que oscuros hechizos lo engordaban. Para alcanzarlo saca un banco de madera de abajo de la mesa del comedor, se sube a él y estira el brazo lo más que puede. Mira la puerta que da al dormitorio antes de bajar del banco con el libro entre sus manos, se siente astuto. A sus seis años había entendido que algunas reglas impuestas no tenían sentido.

Estará dormida un tiempo más, piensa. Va hasta su cuarto y abre el volumen con cuidado, es viejo y tiene un pronunciado olor a humedad. Tenía algunos dibujos pero en su mayoría eran poemas. Se decepcionó porque los hechizos, según él, le enseñarían a mezclar cosas o hablaría de aquel  mundo vedado de los adultos, esperaba alguna especie de recetas, indicaciones anatómicas, algo de miedo. Pero eran simple canciones. Leyó en voz alta un fragmento al azar:

Las sombras aquí se pasean
de noche lloran vestidas,
la muerte de aquel rumorean
dan fin a sus vueltas e idas.

Nadie ve aquellas lágrimas frías,
Que en el manto oscuro son lluvia
Empapando la conciencia mustia.

No lo entendió. Se quedó raro, mirándose la panza, como si ella tuviera el secreto. Por las dudas lo leyó de nuevo. ¿De qué trataba? Se puso de mal humor porque no entendió nada. Escucha un ruido; su mamá se está levantando y él no se preocupa por esconder nada, deja el libro tirado sobre su cama y se va al patio. Sabe que lo van a retar. Piensa que tal vez esas palabras eran para ponerse así, medio mal. Quizás sentir malestar por no entenderlo significaba haberlo entendido. Se sintió mejor con esa idea y, melancólico, fue a comer galletas. Después de todo, podría haber sido un verdadero hechizo.   

martes, 10 de diciembre de 2013

Una vieja historia





Cuando el viento susurra canciones desde el bosque viejo, Adela se dirige hacia su árbol favorito y presta oídos a una nueva historia.
Por los valles más allá del río hay memoria de lo sucedido hace tiempo con tres generales de tres reinos distintos que, en lucha por tierras en triple frontera, habían hundido en la miseria a su reino y al pueblo entero. Agotados ya de aquella guerra que superaba siglos, decidieron librar su suerte a un juego milenario en donde ganaría aquel reino que pudiera presentar el ciudadano más sabio y de mayor ingenio. El juego milenario era largo; en sus variadas etapas cada conocedor debía demostrar distintas habilidades, pero era tanta la paridad de aquellas tierras en que en todos los parciales el empate era inevitable. La decimosexta etapa era la última y el empate no era posible porque el ganador sería decidido por el voto de un jurado de siete monjes de tierras extrañas que juraban equidad. La consigna era narrar la historia más antigua que supieran durante el tiempo que los jueces consideraran necesario. Si el juicio permanecía indeciso el contendiente tenía una oportunidad de referir la historia nuevamente o comenzar otra. La paridad continuó y el juego nunca logró su término. Los cuerpos de los contendientes perecieron y sus voces aún cuentan viejas historias en los viejos bosques.

martes, 3 de diciembre de 2013

Myaro y Nardela


Trovadores que guardan en sus cantos historias que ya nadie recuerda, refieren aquel olvidado amor de Myaro y Nardela. En las noches de luna cuentan la historia de cómo se amaron aquellos dioses en los oscuros tiempos de los días sin sol. Es leyenda tan vieja que ya nadie cree en ella, pero quienes la han oído tan sólo una vez no hacen más que esperar las noches sin luna para poder oírla nuevamente de la voz de los santos juglares. Acontece que todos aquellos recitadores en la comarca entera cuentan en la misma noche la misma historia que sin embargo nunca es la misma, porque es distinta a la anterior y su comienzo es lejano, remontándose a los comienzos del mismo universo. Así, desde el principio, la vieja leyenda de Myaro y Nardela no hace más que mutar en sucesivas noches oscuras y en sincronía en cada calle donde es cantada. Algunas voces son despreciativas y afirman que los trovadores son secta y se reúnen en conciliábulos consagrados a componer la bella historia sin fin. No hay ninguno, sin embargo, que desconozca la fidelidad de sus pocos oyentes. Maravillados por el encanto de cada episodio, sus seguidores comentan al día siguiente los nuevos caprichos de aquel amor divino, no pudiendo hablar de otra cosa durante días enteros. La poca gloria de estos dioses entre la común creencia no nubla el corazón de sus fieles oyentes, que escuchan, cada noche de luna, el devenir de sus propias pasiones. 

lunes, 2 de diciembre de 2013

El encargo



A Gerardo se le ocurre que son los edificios los que se mueven sobre las veredas cuando apura el paso. Es el empleado ideal y camina de memoria. Entre sus manos hay un encargo a nombre del jefe, un tipo con mucho gel en las ideas y asociado de una multinacional. Gerardo se detiene en el semáforo. Ése día algunos problemas personales lo encuentran de mal humor en las tareas que cumple a diario sin cuestionar y sin retraso; desde temprano un estrato en su mente amontona odio mientras su cuerpo se desenvuelve con habilidad en la ciudad. Semáforo en verde, le faltan tres cuadras para llegar a la oficina central del Abasto. Falta poco para dar fin al encargo y aminora el paso. No sabe lo que lleva entre manos, es una caja, eso sí, pero lo que hay dentro permanece desconocido. Se le ocurre algo y se predispone a escupir dentro de ella. Saca la cinta adhesiva con cuidado y antes de abrir las solapas de cartón le acude un prurito moral, su contenido puede ser de importancia y no sería capaz de ensuciar su buen trabajo por un arrebato que no serviría de nada. Es totalmente idiota de su parte. Hace seis meses que cumplió los veintiún años, todavía vive en una pensión con sus padres y no terminó el secundario, sólo la gracia de un tío suyo le ha conseguido este puesto en la empresa y verdaderamente lo necesita. Con algo de sobriedad reconsidera la pequeñez de sus problemas personales y continúa su camino. No sabe qué es lo que estaba mirando cuando pisa el excremento de un perro. Está a una cuadra de las oficinas donde tiene que entregar el pedido. Unos metros antes, en la entrada de un gran edificio de departamentos, se detiene y en el poco césped que rodea un árbol intenta limpiarse bien el zapato. No puede, la caca se le había corrido al costado de la suela. Recuerda la noticia que anoche le había dado su novia, estaba dispuesta a abortar su embarazo. Gerardo intenta pensar en otras cosas, en el partido del finde, por ejemplo. Pero entiende que, hasta que consiga una solución, necesita de pequeñas descargas. Se vuelve disimuladamente a la entrada del departamento vecino, abre las solapas de la caja y escupe su amargura dentro de ella. Se recompone. Respira hondo; nadie lo vio. Cierra la caja de nuevo y la entrega.