Así como un trébol resulta muy hermoso en un jardín y puede ser exageradamente pernicioso en un cultivo de maíz, la literatura se ve muy linda escrita pero en la mente se torna verdaderamente tóxica.
viernes, 28 de octubre de 2016
Crónicas de un verano bizarro. Episodio VIII
domingo, 23 de octubre de 2016
Vestigios de historia
Entré a la carpa con la seguridad de que sería una difícil jornada de trabajo, la excavación había llegado a un punto crucial y el día nublado proporcionaba las condiciones perfectas. Durante la noche tuve pesadillas. Incitado por el debate del día anterior había soñado con un dragón. Un dragón que fue, en verdad, el último saurópsido. El trabajo había comenzado y todos nos pusimos los delantales y tomamos nuestros correspondientes equipos de cinceles y cepillos. Hay sueños intensos que a uno lo dejan pensando, como ver el sol directamente, o apoyar las manos en un suelo rugoso, la impresión del medio queda en la memoria del cuerpo. El trabajo era cuidadoso pero repetitivo, además, podría distinguir el fósil de la piedra con los ojos cerrados y ante el primer pequeño golpe de cincel. La monotonía permitía el fluir del subconsciente.
El sueño volvía a mi cabeza como una comida que cae mal al estómago. Mientras trabajaba el sueño se repetía en imágenes, en sus ideas…
Soy un caballero anterior a la orden templaria, abracé la cruz en los últimos albores del cristianismo, instruido en las artes oscuras lo necesario como para combatirlas sin entenderlas, emprendí la caza del último dragón. Casta de viejos fósiles vivientes, cuya linaje oprimido por la espada, la cimitarra y la katana, se ha visto disminuido hasta la extinción. Su historia constituye un espejo en negativo de la nuestra: nos enseña lo que no fuimos pero, a la vez, lo que en algún momento necesariamente hemos de ser. Otra raza que, en un día olvidado de antemano, será la vencida y la olvidada. Será el momento en que seres más aptos que nosotros exhibirán en suntuosas salas la civilización humana extinta. Dirán que nuestro intelecto no merecía sobrevivir, que nos protegían exoesqueletos de hierro, que fuimos víctimas de una gran explosión en el golfo del caribe y nuestra vida, nuestro arte, nuestros sueños, estarán representados por huesos grises acumulados en largas galerías repletas de rigor científico.
El único ejercicio valedero para con la lectura de todo testimonio, de todo artefacto de museo, es la desconfianza. El que sobrevive, el que vence, el que asesina, el que deja vestigios de historia, es ineludiblemente tergiversador de un relato que termina justificando un proceder lleno de ignominia. Relato que, a fines prácticos, conviene denominar como verdad. Pero la verdad en el discurso no existe, existe en los hechos, en la realidad.
He conocido esos hechos. Corría el siglo dos después del nacimiento de nuestro señor padre, los alrededores de un pueblo lejano eran azotados por un gigantosaurus del suborden de los terópodos y de la familia de los axiliados, por la singular presencia de alas. No fue difícil matarlo. Fue difícil el después. El conocer que jamás habría de ver otro ser semejante. Entender que la humanidad entera habría de cargar con un estigma imborrable. Una muerte, no individual, perdonable por Dios, sino una muerte absoluta. Un error que se intentará ocultar con un relato inverosímil, con la negación de su superioridad, de su inteligencia, un error que se corregirá solo con el devenir del equilibrio cósmico, con la sangre redimida del homo sapiens.
domingo, 11 de septiembre de 2016
domingo, 21 de agosto de 2016
Existencia contrafáctica
La historia contrafáctica, por su parte, jamás tiene sentido. Sólo cabe pensarse que el historiador que se propone componer algo tan ridículo, entendió que en realidad la historia no es más que un modo posterior e impreciso de la literatura, y como no quiere dejar de ser llamado historiador por miedo a perder el empaque de seriedad y cientificidad, incurre en esta tímida forma de dar vuelo a su imaginación. Encuentro en esta nueva corriente de hacer historia un tibio deseo de justificar o rechazar el curso efectivo de los acontecimientos. A partir de un supuesto método riguroso, el historiador arrepentido de su condición encubre la fantasía tendenciosa que entreteje. Fantasía que, a menos que se descubra como verdadera literatura, dificíl resulta encontrarle algún valor.
Ante todo, hay que entender que detrás de la historia contrafáctica y de la existencia contrafáctica hay un grado insano de frustración y, por sobre todo, de negatividad.
miércoles, 17 de agosto de 2016
Crónicas de un verano bizarro. Episodio VI
¿Quién mierda compra estos duendes, Rosa? Mucha gente, querido, hay gente que ama los duendes, se vuelve loca cuando ve los míos, que son los mejores. Es verdad, los suyos estaban zarpados. Pero no podía creer que hubiera gente que amara esos mostruitos deformes, sospeché que debería tratase de una extraña parafilia.
Y no era para menos.
Ahí donde alquilábamos también guardaban todas sus cosas los artesanos de la feria, por lo que la entrada de Chamacos estaba llena de bártulos oscuros, carritos y cajas. Entre todas esas cosas había un duende que tenía mi altura y hasta mi peso, era gigante, con la barba bien tupida, la mirada reconcentrada sobre unos pómulos puntiagudos y bajo unas cejas exageradas. Rosa casi nunca llevaba aquel duendón a la feria porque era demasiado grande y no lo tenía a la venta.
Durante los casi dos meses que estuve en aquel lugar, siempre que entraba de noche lo primero que me aparecía era eso. Aquello. Un duende gigante tirado en la oscuridad, que miraba la negrura sin pestañear. No podía evitar las ideas perturabdoras que pensamos todos cuando vemos algo sospechoso en la oscuridad. Sucede que en general, nos percatamos luego de que todo es una fantasía, y que eso que vimos no es más que una sombra, un gato o el viento. En este caso el consuelo era imposible. Tenía que avanzar hacia el duende y pasar por sus narices, mientras él permanecía sonriendo como faltándome el respeto, en su pose tan relajadamente sospechosa, mirándome con sus ojitos inofensivamente perversos...
Sin duda, lo mejor de la feria y lo más hermoso del día, era cuando Mario y Lean se ponían a tocar. Mi alma descansaba del ruido de la peatonal y de esa cumbia retro colombiana que pasaban las ocho horas en la cocina. Aquella música aberrante en su sentido que hablaba del no te vayas nunca más, sos mía, no te quiero ver al lado de otro, mi vida sin ti es nada, me tienen envidia, mala por tu engaño, etcétera, etcétera. Nunca había tenido el placer de analizar tan en detalle todos esos temas iguales. Una música que descubría un amor tan posesivo que llegaba a extremos realmente violentos, como el de un tipo que había matado a su mujer y le cantaba al abogado con voz de Cacho Castaña que no había sido su culpa, que ella lo había engañado y que el día del asesinato había tomado. Quedé de cara. No podía creer que en la radio pasaran temas así.
Hay que entender que nadie es nada, que nadie es una cosa, que nadie puede tener a nadie. Que el amor no es tener. Digo entender porque sentir esa idea es mucho más difícil, lo sé. Pero podríamos empezar por evitar componer temas tan de mierda, si ya sabemos que el amor es sentir la belleza que, como dijo alguien, será la única que salvará al mundo. Lo otro, lo otro es Disneylandia.
jueves, 11 de agosto de 2016
Lo que aprendí en un balcón
viernes, 5 de agosto de 2016
Crónicas de un verano bizarro. Episodio V
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